Por Mona Meinhof

En el número 50 de la revista El ecologista, editada por Ecologistas en Acción, Manuel Ruiz Pérez, profesor del departamento de Ecología de la Universidad Autónoma de Madrid, dibuja un retrato inquietante del desarrollo reciente de China, centrado en sus consecuencias medioambientales. Curiosamente, lo que más llama la atención es que, pese a la veloz expansión económica del país (con un ritmo de crecimiento de cerca del 10% en los últimos veinte años) y pesa a que los medios de comunicación nos presentan sistemáticamente el país como una máquina voraz y destructiva, las cifras de devastación medioambiental no son tan escalofriantes como cabría pensar. Y eso es lo que da más miedo: en un país enorme y muy poblado, golpeado con frecuencia por catástrofes medioambientales (naturales o inducidas), bastante propenso a las macroobras colosales, y que está viviendo un proceso de urbanización acelerado (la población urbana ha pasado del 29% al 41% entre 1995 y 2005) que ha supuesto la mayor pérdida de tierra cultivable registrada en el mundo, el impacto medioambiental resulta sorprendentemente moderado si lo comparamos con el de los países occidentales.

También la comparación de las medidas que ha tomado China para hacer frente a los problemas ecológicos (entre otras, la inclusión de una contabilidad ambiental en las cuentas nacionales, una partida presupuestaria ambiental de más del 1, 5% del PIB, o la expansión de la utilización de energía eólica y solar) con las tibias políticas emprendidas por nuestros responsables de medio ambiente resulta sorprendente, y desoladora.
En efecto, la huella ecológica global de China representa el 15% de la huella total de la Humanidad, sólo por detrás de la de EE UU, responsable del 21% de la huella ecológica global. Ahora bien, China tiene 1.300 millones de habitantes, frente a los 291 de EE UU, de manera que la huella ecológica per cápita de China, de 1, 6 hectáreas por habitante, es muy inferior a la de los países desarrollados (que llega a 9, 7 hectáreas en EE UU). Además, buena parte de los bienes manufacturados que se producen en China consumiendo gran cantidad de energía y materias primas, son exportados a Europa y Norteamérica, por lo que buena parte de la huella ecológica china “corresponde en realidad a esta función de transformación de materias primas para ser consumidas en otros lugares”.
Y eso es lo más grave: si proyectamos nuestros niveles de consumo a China, el escenario para dentro de 25 años “produce cifras escalofriantes […] China sola consumiría un 10% más que la actual producción mundial de carbón, un 25% más que la producción mundial actual de carne, tendría un parque automovilístico un 40% superior al total mundial y consumiría un 100% más que la producción mundial de papel”.

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Una respuesta a “”

  1. Ecólatra
    enero 1st, 2007 12:59
    1

    Yo estuve hace un par de años en Guangzhou (la antigua Cantón) y el panorama era asombroso. La ciudad estaba constantemente sumergida en una densa niebla amarilla de contaminación tras la que el sol parecía una bombilla en lo alto, y por el río de las perlas flotaban multitud de peces muertos.

    Los chinos en general estaban como locos con su nueva sociedad de consumo, todos tenían ultramodernos teléfonos móviles que yo ni siquiera había visto en España aún, a pesar de costar tanto como un salario medio.

    Algo muy sorprendente era vez cómo derribaban grandes hileras de torres de viviendas de 30 alturas para construir en su lugar otras el doble o el triple de altas. Los andamios de estas construcciones estaban hechos de… ¡bambú! Ignoro si venían de plantaciones especiales o simplemente arrasaban un bosque de bambú cada vez que había demanda de andamiaje, o si los reciclan.

    Quizá sea en estos países con desarrollo económico joven donde haya más esperanza de que las cosas se hagan de otra manera: ya tienen la experiencia destructiva de occidente como contraejemplo de sostenibilidad.

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