Por Darwin Palermo

No es ni mucho menos de lo mejor de Sánchez Ferlosio, pero el mondante detalle erudito de los «ergos» viene tan a cuento estos días, que no nos resistimos a recuperar este artículo sobre los debates electorales que publicó en 1993.

Finta de florete
Rafael Sánchez Ferlosio
El País

Suelo decir que Antonio Gramsci forma con Rosa Luxembourg la más ilustre pareja de intelectuales que crió, apenas a tiempo, el comunismo, antes de abominar definitivamente de la funesta manía de pensar.

Pues bien, Gramsci advirtió de que la expresión “lucha ideológica” era una torpe metáfora que más valía no usar o que, de usarla, había que hacerlo con toda la precaución de no perder de vista la decisiva diferencia de que mientras en la lucha física o la guerra era válido y conducente a la victoria atacar los puntos débiles del adversario, en la mal llamada lucha ideológica sólo era, en cambio, procedente acometer los puntos fuertes.

El jovencísimo Menéndez y Pelayo de los Heterodoxos (libro en el que inventó el género que yo llamo “libro infierno”, pues van a parar a él todos los malos, y que fue cultivado por Lucaks con su El asalto a la razón) contraviene la sabia prescripción gramsciana con sus representaciones musculares del pensar: “atletas de la escolástica” “potencia intelectual”, “asentar verdades como el puño”, “contundente en casi todo lo que es filosofía pura y monumento de inmenso saber y de labor hercúlea”, “era su erudición la del claustro, encerrada casi en los canceles de la filosofía, escolástica, pero ¡cómo había templado sus nervios y vigorizado sus músculos esta dura gimnasia!”, “todo lo recorrió y lo trituró, dejando dondequiera inequívocas muestras de la pujanza de su brazo”, “molió y trituró como cibera a los débiles partidarios que en Sevilla comenzaba a tener la nueva filosofía ecléctico-sensualista del Genovesi y de Verney”, “en cabeza suya asestó el padre Alvarado golpes certeros y terribles” (Heterodoxos, VI-3-VII, VI-4.-I y VII-2-V).

El gramsciano rechazo de la mera noción de lucha ideológica es, a la postre, lo que me pone diametralmente en contra de los que celebran como un gran adelanto democrático la introducción de debates electorales en España. Antes por el contrario, lo deploro como una vuelta de tuerca más al ya bastante avanzado encanallamiento y prostitución de la palabra.

El debate televisivo es una perversión sólo capaz de complacer a mentalidades primitivas, casi paleolíticas, como las del regresivo agonismo norteamericano, que no puede entender nada de nada como no se le presente en términos de ganador y perdedor.

Y no es que no haya antecedentes europeos: en las disputationes académicas de Salamanca, en los siglos XVI y XVII, parece ser que los “ergos” se contaban como hoy se cuentan los goles en el fútbol: “¡Fulano le ha metido diez y nueve ergos a Mengano!”. Estas disputationes universitarias fueron después, con toda razón, consideradas como la máxima degradación intelectual.

Quizá no sea un azar que tal enfermedad resurja, en otra forma, precisamente hoy, cuando “opinar algo” o incluso “propugnar algo” o “ser partidario de algo” suele ser sustituido por “apostar por algo”, como si fuese a caballo ganador, y empezándose ya a difuminar, por consiguiente, la diferencia entre quién se desea que gane en unas elecciones y quién se cree que las va a ganar.

La actual norteamericanización de la antigua disputatio le añade algunos rasgos pugilísticos, sin abandonar los clásicos de esgrima: la contundencia del directo a la mandíbula es compatible con la agilidad de una finta de florete; lo que no cabe es una sola palabra leal, que es tanto como decir una palabra digna de este nombre, que excluye la contundencia, la astucia, la eficacia, no menos que todo efecto de sorpresa, todo ardid de trinca o cualquier cosa, en fin, que la instrumente como un arte marcial.

Quienes, al aceptar debates electorales –y por tanto, a parti pris–, utilizan la palabra como arma de contienda, sepan al menos que al prostituirse así por la victoria no hacen sino profundizar la desmoralización de un público ya corrompido hasta la médula por el agonismo, por la irresponsable superficialidad de que lo que más le guste sea que haya pelea, para poder jalearla con sus voces de “¡Toma castaña!”, “¡Ahí le duele!”, “¡Chúpate esa!”… Sepan al menos que se revuelcan en el fango.

Para quien todavía, a pesar de todo, guarde un quizá ya inútil respeto a la palabra, y que, por tanto, no saluda el debate electoral como un avance democrático sino como una regresión a la barbarie, más despreciable será precisamente el que demuestre más agilidad verbal, más rapidez de reflejos, más ingenio retórico, más riqueza de imágenes, o sea, en una palabra, el que reúna en mayor número las condiciones idóneas para aquel efecto por el que se suele merecer del público ser proclamado “vencedor”.

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