Por Brenda Key

Es una historia conocida: en 1630, en Milán, un sospechoso, denunciado por un honrado ciudadano, es detenido y torturado y, tras negar inicialmente la acusación, acaba por confesar su delito. Bajo tortura, denuncia también a su barbero, cómplice de la atrocidad, y éste a su vez denuncia a otros hombres, poniendo al descubierto toda una cadena de monstruosos malhechores que comienza, o concluye, en un caballero de nombre Padilla, jefe de la campaña de terror. Una vez condenados y ejecutados, sobre las ruinas de la casa del barbero se alzó una columna admonitoria que recordaba la infame acción de los reos y advertía eternamente a los malvados sobre las consecuencias de semejante tropelía. ¿Qué habían hecho? Se les consideraba untori, es decir, “untadores” siniestros que habían propagado la peste por la ciudad depositando en las paredes y en los objetos la sustancia contaminante que transmitía la enfermedad. Sólo en 1778, bajo el empuje luminoso de la Ilustración, la columna fue derribada, considerando la época nueva –la de Montesquieu, Verri y Beccaria– que la infamia no residía en los condenados sino en los magistrados que los juzgaron y en los ciudadanos amedrentados e ignorantes que ayudaron a convertir la locura, la superstición y el absolutismo en un procedimiento natural. Lea más en Rebelion.org.

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Una respuesta a “”

  1. Krispin Klander
    mayo 22nd, 2009 08:05
    1

    http://www.elpais.com/articulo/espana/Constitucional/permite/presentarse/lista/anulada/Supremo/elpepuesp/20090521elpepunac_20/Tes

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