Por Karim Sambá

Seis de mayo de 1981. El niño Jaime Vaquero García muere en un hospital de Torrejón de Ardoz. No es el único afectado por un virus desconocido. El Director General de Salud, el doctor Luis Valenciano, asegura que se trata de un “brote poco contagioso y nada peligroso”. Primero se achaca a la legionela, luego a una neumonía infecciosa. En plena psicosis los habitantes de Torrejón sacrifican perros, gatos y pájaros, posibles transmisores del mal. En un intento (fallido) de atajar la histeria colectiva, el Ministro de Sanidad de la UCD, Jesús Sancho Rof, aparece en televisión para explicar su legendaria teoría del bichito: “Es menos grave que la gripe. Lo causa un bichito del que conocemos el nombre y el primer apellido. Nos falta el segundo, pero es un bichito que si se cae al suelo se mata”.

Pero, ay, en su caída, el bichito sigue matando. Poco después, se conoce la versión oficial: envenenamiento masivo causado por una partida de aceite de colza adulterado vendido de forma ambulante. Para entonces ya corrían por ahí dos escalofriantes versiones alternativas. 1) Intoxicación causada por una partida de tomates cultivados en Almería rociados con pesticidas de la Bayer. 2) Escape tóxico tras un experimento fallido con armas químicas en la base militar estadounidense de Torrejón. Y dos motivos: 1) Tomates envenenados conscientemente para tapar el accidente de Torrejón. 2) Tomates envenenados para experimentar con humanos una nueva combinación química.

Los ideólogos de la vía del tomate tóxico aseguran que las autoridades lo ocultan porque España negocia su entrada en la CEE e intenta defender al sector hortofrutícola. Los de la vía de las armas químicas discrepan: “Hacer un montaje de este tipo, en el que se falsifican datos, en el que están implicados diversos gobiernos para taparlo… Cuesta un poco creer que sea una simple intoxicación alimentaria. Debía de haber intereses más poderosos que los estrictamente económicos” (Gudrum Greunke, El montaje del síndrome tóxico, Obelisco, 1988). Así, todo habría sido una trama política para impulsar la entrada de España en la OTAN. Para colmo, una de las voces autorizadas de la versión alternativa, el doctor Antonio Muro, Director del Hospital del Rey, es destituido, lo que dispara los rumores sobre la existencia de una mano negra. Más tarde, en 1985, Muro muere de un cáncer que “muchos sospechan que fue inducido” (Guillermo Caba, The Ecologist, octubre, 2000).

colza.jpg

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5 respuestas a “”

  1. J. Edgar Hoover
    julio 8th, 2009 16:48
    1

    Precisamente una chica que trabaja conmigo me contó ayer que hace unos días cogió un taxi y, sin comerlo ni beberlo, el taxista comenzó a rajar sobre la conspiración de la colza. El tipo se puso muy alterado. La conversación (por llamarla de alguna manera) acabó con el taxista completamente enloquecido asegurando que al doctor Muro se lo habían cargado porque sabía demasiado, y la pasajera medio intentando bajarse del vehículo en marcha para escapar de allí. Lo del bichito sigue coleando…

  2. J. Edgar Hoover
    julio 8th, 2009 16:53
    2

    Un momento: no ve vayan todavía porque aún hay más: la pasajera me comenta también que, cuando acabó de bramar sobre la colza, el taxista aseguró que el accidente de avión de Spanair fue un atentado. Ahí queda eso.

  3. Andresillo
    julio 8th, 2009 18:49
    3

    Me gusta esta escena del taxi: me la imagino acabando con el taxista arrojándose en marcha al grito de: “Un dentista de la CIA me injertó un micrófono cuando me saqué las muelas del juicio. Jerooooonimo…”

  4. Borbon
    septiembre 7th, 2009 14:38
    4

    jajajajaja

  5. crédulos
    septiembre 28th, 2009 11:25
    5

    Muchos sectores hiper críticos con todo tipo de investigaciones oficiales se cortarían las manos por darle un poquito de verosimilitud a las locuras de Philoponeu… eso sí lo creen a pies juntillas. Todo vale por acusar a los americanos, al gobiernos, a las multinacionales…en eso sí son tan crédulos como cualquier beato meapilas. Solamente han cambiado el pilón…

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