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13.LDNM - Nov-Dic 2004
Libros
Isaac Rosa. La anamnesis del franquismo
César Rendueles
Es difícil no pensar que las futuras historias de la literatura recordarán 2004 como el año en que Isaac Rosa (Sevilla, 1974) publicó El vano ayer (Seix Barral). Es como si lleváramos décadas esperando esta novela. A cada página uno piensa “ah, así que era esto”, un poco como cuando se resuelve un problema de matemáticas. Isaac Rosa ha resucitado utilidades de la literatura que hacía muchos años que se habían dado por enterradas. A partir de un argumento sencillo –la desaparición de un oscuro profesor universitario durante las protestas estudiantiles antifranquistas– El vano ayer ha abierto un espacio para la reflexión que no sólo hay que leer o difundir sino, sobre todo, continuar.
He leído un par de críticas desconcertantes de El vano ayer. Hacían hincapié en los aspectos más formales del libro y ni siquiera mencionaban que el libro aborda la tortura y la persecución policial durante el franquismo. ¿Crees que el planteamiento tan metaliterario de la novela puede alentar esta clase de lecturas, en mi opinión, epidérmicas?
Sí, ha habido críticas que se han limitado a señalar los aspectos formales, en detrimento del fondo del libro. La verdad es que me sorprende. Se me hace difícil pensar que se pueda hablar de mi novela sin referirse a su temática, que pasa tanto por la tortura como por el propio discurso del franquismo y el antifranquismo, que he intentado impugnar. De todos modos, no creo que la forma de la novela haya favorecido ese ejercicio de elusión crítica. Al contrario, la estructura y escritura de El vano ayer son inseparables de su intención de fondo.

En cualquier caso, me imagino que estarás contento con la recepción que ha tenido el libro.
Sí, claro. La verdad es que está siendo todo muy rápido. El libro salió en mayo y en muy poco tiempo ha tenido muy buena acogida. Las críticas han sido muy buenas en todo tipo de prensa. Y las opiniones que me han llegado de los lectores, sobre todo de gente que vivió aquello, también han sido muy positivas. La verdad es que cuando escribí el libro tenía un poco de miedo, puede tener diversas lecturas y no sabía cómo lo iban a entender justamente aquellos a quienes iba dirigido.

Parece haber unanimidad en que tu novela, como se suele decir, ha “llenado un hueco” importante en la literatura española actual.
Posiblemente esa sea la razón de la buena acogida que ha tenido. La reseña que Echevarría publicó en Babelia y en la que decía que era una novela necesaria, yo entendí que no hacía referencia a mi novela en concreto sino al tipo de novela. Posiblemente si yo no hubiera escrito esta novela, alguien habría escrito algo similar, tal vez en forma de ensayo o de teatro... No creo haber propuesto nada particularmente novedoso, es algo que estaba en el ambiente. Hay mucha gente que está cansada de ciertas novelas, ciertos libros de historia, ciertas películas y ciertas series de televisión sobre el franquismo, el antifranquismo y la transición.

Sin embargo, resulta curioso que sea necesaria una estructura formal tan poco habitual como la de El vano ayer para reflejar algo que, como dices, está en el ambiente. ¿Planeaste la idea de una novela fracasada, imposible porque siempre resulta caricaturesca, o es un subproducto de tu propio fracaso a la hora de escribir una novela convencional?
Ambas cosas. Inicialmente, pensé en una novela más convencional pero en seguida me di cuenta de que también yo era víctima de las trampas del discurso heredado, de que también yo, que no había vivido el franquismo, había asumido como propia una memoria insatisfactoria, fraudulenta en muchos sentidos. Entendí que necesitaba un replanteamiento formal, que construyese un discurso nuevo mediante el desmontaje del existente, utilizando sus mismos recursos, desnudándolos mediante la ironía.

Si lo he entendido bien, planteas algo así como que la literatura sobre el franquismo está condenada al fracaso hasta que no se produzcan profundas transformaciones en la consideración pública de la dictadura. ¿Crees que la labor del novelista debe limitarse a la autocrítica, es decir, a evitar el engaño mayor de creer que la literatura tiene algún peso real?
No sé si la literatura es incapaz de fijar un análisis válido del franquismo o de otras cuestiones, pero debe intentarlo. Entre otras razones, porque para una mayoría de lectores la novela es un género historiográfico, ya que reciben sus conocimientos y forman sus opiniones del pasado y del presente a través de la ficción literaria y, sobre todo, audiovisual. Quiera o no quiera, el novelista tiene una labor ideologizante que puede asumir y ejercer con responsabilidad, o descuidar y que sea ocupada por la ideología dominante. El continuo descrédito de la ficción, del que tanto se habla, choca con esa mayoría de ciudadanos que construyen su visión del mundo con ficciones. Para una mayoría, la visión del holocausto nazi la ha fijado La lista de Schindler, y la del franquismo la está estandarizando hoy la serie televisiva Cuéntame junto a muchas novelas que analizan el franquismo desde los presupuestos de la novela histórica, o mediante intrigas vacías, o con recursos del peor sentimentalismo. Tal vez la literatura no sirva para cambiar el mundo, pero sí está sirviendo para conservarlo.

¿Tienes una opinión formada acerca de la evolución de la situación de la tortura y los malos tratos desde el franquismo hasta el día de hoy?
Conozco los informes de asociaciones contra la tortura y las denuncias y advertencias de organismos internacionales, que suelen ser desoídos y silenciados. El que no sea generalizada y sistemática, como en el franquismo, no quiere decir que no siga habiendo casos de tortura y malos tratos. La democracia formal no es por sí sola un antídoto contra estas prácticas. La verdad es que el silencio informativo que existe en nuestro país en torno a ese tema indica que hay cierta autocomplacencia, algo así como “somos una democracia, esas cosas no pasan aquí”. Creo que el caso español es peor que nuestro entorno europeo, seguramente por el peso de la herencia franquista. Lógicamente no basta con invocar la democracia para que desaparezcan cuarenta años de práctica represiva. Las últimas promociones de la escuela policial franquista siguen en activo. No digo que sean torturadores, pero se formaron en una enseñanza antidemocrática, por no hablar de los mandos que no fueron purgados como era necesario. Sin ir más lejos, en Madrid hemos sufrido un delegado del Gobierno de notorio pasado franquista, y eso se notó en la represión de las manifestaciones contra la guerra.

¿Crees que estamos viviendo un proceso de revisionismo de derechas? Me refiero no sólo a Pío Moa sino, sobre todo, a esos que intentan hacernos creer que incluso cuando vestían camisa azul eran terriblemente demócratas y liberales. ¿Es El vano ayer una respuesta a este revisionismo?
Cuando critico a aquellos creadores que han contribuido a la falsificación de la memoria del franquismo y el antifranquismo, lo hago entre otras razones porque son ellos con su desidia quienes facilitan el trabajo de esos revisionistas, que siempre han estado ahí. El caso de Pío Moa destaca por su éxito mediático y de ventas, pero en realidad nunca ha dejado de haber revisionistas que alimentasen la versión dulcificada, disculpatoria del franquismo. Y frente a ellos ha faltado una resistencia por parte de quienes, en lugar de completar una crítica necesaria de aquellos años, se han conformado con una memoria infantilizada, a la medida de las necesidades políticas y sentimentales de una generación que tal vez se avergüenza de su comportamiento poco heroico.

Haces un retrato poco halagüeño de la militancia comunista universitaria, ¿hasta qué punto esta valoración está condicionada por las trayectorias posteriores de algunos de aquellos líderes universitarios?
He querido huir de idealizaciones, pero sin caer en la actitud de aquellos novelistas que parecen más motivados para ajustar cuentas con el antifranquismo que con el franquismo. Por supuesto la crítica de la lucha antifranquista es necesaria. Si hablamos de la juventud universitaria, se trataba de un ambiente con frecuencia elitista, en el que jóvenes hijos de los vencedores se acercaban al comunismo no siempre por una convicción ideológica, sino por ser la principal, cuando no única, oposición organizada. También, en muchos casos, era una forma de rebeldía juvenil nada política, más bien estética, un cierto esnobismo, del que huyeron cuando acabó la dictadura y ya vemos dónde están hoy. He intentado un retrato crítico pero no vengativo, no a la manera de esos ex comunistas que vengan su decepción o limpian su pasado ridiculizando la oposición comunista.

En un capítulo del libro propones, no se si parodiando a Kant, una especie de antinomia de la historiografía del franquismo, ¿es una forma de criticar a esos historiadores que nunca dejan de sopesar los pros y los contras de la dictadura?
Más bien es una forma de enfrentar al lector con sus lecturas anteriores, que vea de qué forma, cuando un autor elige una u otra versión, no lo hace de forma inocente, sino con una clara intención que generalmente no transparenta al lector.

¿Qué novelas recomendarías para entender el franquismo?
Por un lado, no estaría de más una relectura, tantos años después, de los autores del llamado “socialrealismo”, o mejor aún, realismo crítico, que han sido injustamente tratados, todo aquello de la “berza”. Por otro lado, aquellos autores que con su escritura intentaron demoler el franquismo, no limitándose a lo exterior, a lo visible, sino con un ataque a sus elementos estructurales, culturales, incluso de lenguaje. En esta línea estarían algunas novelas de Juan Goytisolo, como Señas de identidad o Reivindicación del conde don Julián. Yo recomendaría especialmente una novela menos conocida, de un autor algo olvidado, Miguel Espinosa: La fea burguesía, un análisis frío, amargo e implacable de la clase dominante, de los muchos beneficiados del franquismo. Y una novela reciente muy interesante, formalmente brillante y con muy mala leche, El paraíso perdido, de Antonio Pérez-Ramos. Para entender el primer franquismo, en toda su miseria y dureza, especialmente en el enorme daño cultural del que aún no nos hemos recuperado, un libro de memorias que se lee como una novela: Pretérito imperfecto, de Carlos Castilla del Pino.
El (anti)franquismo y las letras
Juan Benet. Otoño en Madrid hacia 1950 (Alianza, 1987)
Al día de hoy las novelas de Juan Benet siguen despertando reacciones encontradas. Sus novelas son veneradas y detestadas casi por igual. En cambio, la maestría de Benet como ensayista no admite discusión. En este Otoño en Madrid escribe sobre el Madrid de sus tiempos de estudiante de ingeniería, de Baroja, de Luis Martín Santos y de su hermano, exiliado en París, del despotismo de los policías municipales, de las manías de oscuros catedráticos... Es muy difícil pensar en otro escrito que transmita con tanta fuerza y sentido del humor la atmósfera plomiza de la capital del franquismo una década después del fin de la República. Muchos autores han escrito sobre la brutalidad fascista. Pero muy pocos han logrado transmitir tan bien el modo en que la ponzoña de la dictadura se cuela incluso en la vida cotidiana de un estudiante acomodado y poco comprometido.

Miguel Espinosa. La fea burguesía (Alfaguara, 1990)
Más que una novela, La fea burguesía es una especie de etnografía de las clases acomodadas franquistas. No es nada fácil dar idea de las numerosas artimañas literarias que utiliza Espinosa en su trabajo de campo para reproducir la cursilería mórbida que aqueja a los vencedores del golpe de estado de 1936. Por ejemplo, los precios de los artículos de lujo que aparecen en la novela están expresados en “salarios obreros”: “Gastar es trasfigurar el dinero en nada o, si acaso, en bagatela: cambiar el salario de trescientos obreros por una figurilla que casi quepa en la palma de la mano, algo que a los propios obreros se les antoje insignificante, frágil y efímero. Gastar es, también, comprobar que todo cuanto se realiza en aquel momento resulta extravagante e inmoral; gastar es abandonar lo discreto, lo ponderado, y abismarse en el reino de la voluntad; imperar, dominar, determinar y convertir cualquier proposición salida de tu boca en un juicio válido”.

Isaac Montero. Pájaro en una tormenta (Grijalbo, 1984)
Pajaro en una tormenta es una de las pocas novelas que se desarrolla en gran parte en la tristemente célebre Dirección General de Seguridad de la madrileña Puerta del Sol. Se trata de una de las primeras novelas que se escribieron sobre la Transición y, aunque adolece de una trama demasiado barroca, constituye un valioso testimonio de los últimos años del franquismo. En palabras del editor Mario Muchnick “Pájaro en una tormenta cuenta aspectos muy decisivos en nuestra historia reciente. La decisión, por ejemplo, de que siguieran mandando los que ya mandaban (...), la incongruencia de una agitación social y política que sólo era el metrónomo de un tiempo de cambios durante el cual se iban asentando los negocios particulares”.

José Manuel Caballero Bonald. En la casa del padre (Anagrama, 1988)
En esta novela, Caballero Bonald aborda las relaciones sociales de una familia de vinateros jerezanos desde principios de siglo XX hasta los años sesenta. Bien es cierto que, cronológicamente, no se centra de modo exclusivo en el periodo franquista. Sin embargo, En la casa del padre explica hasta qué punto en muchos sitios de España la dictadura supuso una situación de continuidad respecto a unas condiciones casi feudales. Caballero Bonald indaga en las miserias de una familia de terratenientes que vive con mucha más inquietud el desarrollo del capitalismo internacional que los alzamientos populares. Su novela permite apreciar la ralea moral de esos espíritus ecuánimes que se esfuerzan en denunciar los “excesos” de la República (cabe suponer que se refieren a la educación pública, la libertad de culto y cosas por el estilo).




3 comentarios a Isaac Rosa. La anamnesis del franquismo

1. «también, comprobar que todo cuanto se realiza en aquel momento resulta extravagante e inmoral; gastar es abandonar lo discreto, lo ponderado, y abismarse en el reino de la voluntad; imperar, dominar, determinar y convertir cualquier proposición salida de tu boca en un juicio válido”.
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