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15.LDNM - Mar-Abr 2005
Libros
Michael Hardt. El proyecto de la multitud
Ángel Luis Lara y Lucía Lois
Tras la enorme repercusión de Imperio (Paidós, 2002), Antonio Negri y Michael Hardt vuelven a la carga con Multitud: guerra y democracia en la era del Imperio (Debate, 2004). En su nuevo ensayo analizan asuntos como el actual escenario de guerra, el origen de los movimientos de emancipación o algunas de las claves de las resistencias globales. LDNM ha charlado con Michael Hardt, profesor de Literatura en la Universidad de Duke (EE UU) y autor de títulos como Deleuze: un aprendizaje filosófico (Paidós, 2004) o El trabajo de Dionisos: una crítica de la forma-Estado (Akal, 2003).
Multitud es la continuación de Imperio, un importante suceso editorial en medio planeta. ¿Os esperabais el impacto mediático del libro? ¿Cuál crees que ha sido el motivo de un éxito semejante? La verdad es que no me esperaba el éxito de Imperio ni que los medios de comunicación se interesaran tanto por él. Lo que sí me imaginaba era que iba a incomodar a ciertos sectores de la izquierda tradicional y a algunos intelectuales marxistas, como así ha sucedido.
Quizá el éxito se ha debido a dos factores fundamentales. El primero es estrictamente temporal: cuando salió Imperio había mucha gente que sentía la necesidad de pensar de una forma más abierta la economía y el orden político global. Casi todo el mundo era capaz de reconocer que había aparecido una situación nueva y por ello estaban abiertos a recibir nuevas ideas, así que el libro llegó en el momento adecuado. El segundo factor es que Imperio constituye básicamente un análisis de los sistemas globales de poder y dominación y, por tanto, no se define políticamente. Gentes con una agenda política muy diferente pueden asumir su línea argumental. En cambio, estos dos factores no han estado presentes en Multitud, por lo que supongo que no tendrá la misma repercusión. El estado global de guerra ha creado una atmósfera intelectual menos creativa y abierta. Además, Multitud es un libro políticamente definido, no se trata simplemente de un análisis de las formas actuales de dominación, sino que además aporta su propio proyecto político.

En la base de vuestra propuesta parece estar la búsqueda de un nuevo léxico político. ¿Por qué necesitamos nuevas categorías para pensar el mundo actual?
Es obvio que las condiciones reales y materiales de muchos de los conceptos modernos que nos han servido para pensar la política han cambiado. En realidad, no es más que uno de los presupuestos básicos del materialismo histórico: nuestro pensamiento y nuestros conceptos deben adecuarse a nuestra realidad histórica, por eso hay que cambiar junto con la realidad. No obstante, conviene no exagerar. No es que nuestra realidad social haya cambiado de forma absoluta, sino que tenemos que investigar nuestro mundo social para comprobar si los conceptos políticos que veníamos utilizando hasta ahora son todavía válidos. Es algo que se ve muy claro cuando uno observa la cuestión de la clase obrera: cada generación debe realizar su propia investigación sobre la composición de clase. En este sentido, debemos preguntarnos cómo es realmente el trabajo hoy en día, cómo han mutado los procesos productivos y los sujetos que los atraviesan.

Desde vuestro punto de vista, uno de los conceptos fundamentales que hay que revisar y redefinir es el de guerra, ¿por qué?
Simplemente porque la naturaleza de la guerra ha cambiado. Es evidente que la guerra hoy en día ya no implica únicamente conflictos entre dos estados-nación soberanos. La guerra actual suele involucrar redes difíciles de localizar y de atacar. Es una lección compleja que el propio Pentágono está aprendiendo poco a poco, por eso no deja de quejarse de que sus enemigos son un blanco difícil. Sin embargo, hay otra razón importante por la que debemos repensar el concepto y la práctica de la guerra: ya no está tan claro el significado que tiene la guerra de liberación y si su práctica es todavía posible para los movimientos de emancipación. En nuestros días están en cuestión las formas tradicionales de la violencia revolucionaria. Desde este punto de vista, nos encontramos en una situación muy diferente a la que existía a comienzos del siglo XX o incluso en la era de las grandes luchas anticoloniales. Esta cuestión plantea un auténtico reto teórico y político.

No obstante, hay quien afirma que la guerra actual se entiende perfectamente bajo la lógica del imperialismo clásico de EE UU.
Precisamente eso es lo que piensan Bush y Rumsfield. Creen que pueden dirigir una guerra al viejo estilo imperialista. Su concepto de unilateralidad está muy cerca de esa idea. Sin embargo, creo que su estrategia no está teniendo mucho éxito en Irak. De hecho, no están siendo capaces de ejercer su poder sobre ese país ni de crear un orden estable bajo su control. Es un completo desastre. El fracaso de la estrategia de Bush es una prueba de que hoy en día una aventura imperialista no puede triunfar. De forma negativa, veo este dato como una verificación de nuestra hipótesis de Imperio.

Una de las categorías fundamentales que atraviesa vuestros análisis es la de multitud. Para vosotros no tiene únicamente un significado sociológico y descriptivo, sino que implica una dimensión directamente política, de clase.
Así es. De hecho, hay muchas formas diferentes de abordar el concepto de multitud. Desde la perspectiva de la organización política podríamos decir simplemente que multitud es igual a la suma de singularidad y cooperación, es decir, a una realidad en la que colectivos diferentes se organizan de forma autónoma, pero son capaces de colaborar entre ellos. Pero la categoría de multitud nos acerca además a la posibilidad de repensar las relaciones de clase e ir más allá de la tradicional división que ha dominado en la izquierda socialista y comunista. Debemos reconocer que, por ejemplo, con el término “clase obrera” generalmente se ha hecho referencia únicamente a los trabajadores industriales, excluyendo a los trabajadores precarios, a las mujeres del trabajo doméstico, a los trabajadores de la agricultura, etc. Nuestra historia está llena de ejemplos de lo que ocurre cuando esta división económica y sociológica se traduce en una jerarquía política. Lo que nosotros afirmamos es que existe la posibilidad de una concepción mucho más tolerante y común del trabajo y, por lo tanto, de una organización política abierta y horizontal del mismo, basada en esa noción de singularidad y cooperación que da cuerpo al concepto de multitud.

Después de las grandes manifestaciones contra la guerra en todo el mundo y el pasado Foro Social Europeo de Londres, parece que el movimiento global atraviesa por una crisis en este momento. ¿Cómo ves la situación actual del movimiento de movimientos?
Es cierto que se vive un momento de crisis. Es algo normal, siempre viviremos momentos altos y bajos de los movimientos. La primera ola del movimiento contra la guerra ya ha hecho su parte. No está claro cómo podremos limitar o incluso frenar la destrucción militar en curso. Lo que observo con gran interés y me parece más prometedor son los proyectos que apuntan a objetivos específicos, como la organización de un Primero de Mayo alternativo para los trabajadores precarios en Europa. Me da la impresión de que en Alemania, Italia, Gran Bretaña, Francia o España existen movimientos muy creativos en torno al trabajo precario. Sin duda, es una gran noticia y algo que se está extendiendo con velocidad.

Vosotros habláis de la necesidad de un programa político postsocialista. ¿Qué es eso del postsocialismo?
Significa reconocer de una vez por todas que las antiguas alternativas políticas, ya sea el control del mercado o el control del Estado, no son válidas. Ni siquiera la vuelta a un Estado de Bienestar o a una economía keynesiana son soluciones factibles para los desastres provocados por el neoliberalismo. Hoy necesitamos una solución más democrática, algo que está todavía por explorar a través de la autonomía y la autoorganización social. El postsocialismo no es más que el reconocimiento de que las posiciones del pasado ya no son posibles.


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