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15.LDNM - Mar-Abr 2005
Cine
Bahman Ghobadi. Una mirada del Kurdistán
Díaz Trancho
Hay una guerra abierta en Irak y no sabemos casi nada de ella. Por más cabeceras de telediarios que ocupe, por más que memoricemos en los diarios los nombres de los gobernadores gringos o nativos, de los clérigos sunitas o shiítas, de las cifras de los muertos de uno y otro lado, por más que nos las demos de personas responsablemente informadas y justamente indignadas... nada, ni la más remota idea. Muy rara vez el ciudadano occidental tiene la oportunidad de asomarse al vientre del conflicto desde una mirada de primera mano. Y más insólito aún es que esta mirada la ofrezca una película. Estamos hablando de la espléndida Las tortugas también vuelan, del realizador kurdo-iraní Bahman Ghobadi. Próximamente en nuestras pantallas.
El cine de Bahman Ghobadi es de un vigor y una contundencia nada habitual en los tiempos que corren. El director kurdo practica el más rabioso cine contemporáneo en la medida en que sus películas surgen de la necesidad de explicar a su propio pueblo lo que le está sucediendo. “Hago películas como una manera de compartir el sufrimiento de mi pueblo” afirma. “Me siento lleno de energía cuando estoy allí con ellos”. Así, pocos días antes de la caída de Saddam Hussein, el realizador viaja al Kurdistán iraquí para presentar su segunda película, Marooned in Irak (2002), y queda impresionado por las condiciones en las que se vive en los campos de refugiados y el apabullante número de niños huérfanos y mutilados: “No tenía previsto hacer Las tortugas también vuelan. En ese momento, estaba realizando un filme urbano en Teherán, justo antes del inicio de la guerra en Irak, pero cuando vi a estos niños, cambié de parecer y empecé a escribir de noche lo que veía de día”.
El filme narra los días previos a la llegada de la guerra a un pequeño pueblo de las montañas kurdas que muy bien podría resultar un lugar idílico si no estuviera sitiado por un campo de refugiados que custodian soldados iraquíes y miembros del partido Baaz. En el campo hay hambre, barro, minas antipersona y el sentimiento, entre la apatía y la esperanza, de que con la llegada de los estadounidenses las cosas puedan ir a mejor. Según el director kurdo, “el pueblo llano todavía ve a los americanos como Mister Marshall. Pero los más inquietos ya saben que no lo son”.

Las minas
Y entre que llegan y no los libertadores de las barras y estrellas, los huérfanos agujerean las lomas y los caminos en busca de minas que venderán al peso al ejército estadounidense, siniestra cosecha en los yermos campos del Kurdistán. “En mi película el trabajo de los niños consiste en encontrar minas antipersona para después venderlas porque, aunque no sé desde cuándo está minado el Kurdistán, tanto mi abuela como mi madre me contaron historias de estas minas y de los que fueron sus víctimas. Cada día, cada hora, hay personas inocentes que mueren o quedan mutiladas por ellas. Incluso hay familias en el Kurdistán que ponen el nombre de Mina a sus hijos recién nacidos”.

Los medios
El ansia de noticias es también un eje vertebrador de la película y, así, los mismos niños que se juegan los miembros o la vida desactivando minas, sacan unas perras instalando antenas parabólicas para que los caciques del pueblo contemplen en la tele el espectáculo de una guerra que muy pronto pasará frente a sus casas (cuando no directamente sobre ellas). “Mi falta de confianza en los medios internacionales es total”, afirma Ghobadi. “Las cadenas del mundo anunciaban el fin de la guerra con Bush y Saddam como estrellas. Pero no hablaban de la gente con nombres y apellidos que moría en las calles. Yo mostré algo totalmente diferente. Las súper estrellas en mi película son las personas y niños, Bush y Hussein son el contexto”.
Y de este contexto saca Ghobadi las notas más grotescas del film, haciendo gala del sutil humor que impregna toda su filmografía. En una de las más delirantes secuencias de la película, Kak Satelite, uno de los niños protagonistas –que recibe su nombre de su supuesta habilidad para instalar antenas y es capaz de chapurrear cuatro frases en inglés– es conminado por el jeque local a traducir el famoso discurso de Bush Jr en el portaviones Abraham Lincoln. Dónde Bush dice solemnemente “Irak es libre”, Kak traduce no menos solemne “Mañana hará un buen día de sol”, convirtiendo al emperador sobre las aguas en un improbable hombre del tiempo.

La realidad
“Si hubiera querido reflejar toda la realidad, el público no lo habría resistido. Por eso, comencé con unas escenas de humor para llegar poco a poco hasta las escenas más duras. No se puede hacer una película documental sobre esos lugares y lo que allí ocurre. Sería insoportable para el espectador ver ese horror, no se puede asimilar tanto dolor”.
Pese a estos momentos divertidos y de distensión, la película rebosa del dramatismo empecinado de los hechos. Pero el equipo de actores no profesionales es capaz de transmitir con una sonrisa toda la amargura de sus jóvenes vidas, sin una gota de sensiblería ni efectismos. “Para que la audiencia crea en la película, ésta debe contener elementos de la realidad como escenarios o historias verdaderas. Si no fuera real, los actores aficionados que participan en mis filmes no podrían actuar bien. Actúan bien, porque es su propia historia y porque la han vivido”. En realidad, asegura Ghobadi, estos “niños jamás habían visto una cámara de cine. Les pedí que vivieran delante de mí, no quería que actuaran, sino que vivieran ante la cámara. Es una película hecha con un control y una dirección mínimas, simplemente nos dejamos llevar por sus vidas. Lo que ocurre delante de la cámara ocurre una sola vez, ni se puede ensayar ni se puede repetir”.
Cuando se encienden las luces de la sala de proyección nadie se levanta inmediatamente. El profundo sentido del plano y del ritmo cinematográfico que despliega Ghobadi, unido a la crónica íntima de unos sucesos de los que acabamos de descubrir que no sabemos nada, han creado en el cine una impresión de hipnosis colectiva. Ghobadi lo describe así: “Al terminar la película, uno entiende que el pasado es amargo, que el presente es amargo y que el porvenir sólo depende de uno mismo”.
Más allá de las fronteras
Poco a poco, el cine iraní se ha ido labrando un enorme prestigio en ese apartado que las guías de cine llaman “otras cinematografías”o “cines periféricos”. A la sombra de Abbas Kiarostami, patriarca del nuevo movimiento, el espectador de aquí ha tenido la oportunidad de contemplar las obras de una serie de cineastas dedicados a glosar la cotidianeidad de un pueblo. Mohsen Mahkmalbalf, Samira Mahkmalbaf, Jafar Panahi, Majid Majidi o Babak Payami son algunos de estos esforzados cineastas que, cultivando un costumbrismo más o menos académico, con profusión de exteriores y planos poblados de niños, intentan (y a veces consiguen) alzar una voz crítica en la teocracia de los ayatolás, un cine de dimensión humana, a ras de los personajes, lo que quizás explica su dimensión universal y su gran aceptación en el resto del mundo.
Pues bien, el cine de Bahman Ghobadi no tiene nada que ver con el esquema que acabamos de presentar. Pese a haber sido, como la mayoría, discípulo de Kiarostami, su cine deambula por otros derroteros bien diferentes, casi excepcionales: “Ojo, mi película es de Kurdistán, y espero que contribuya a la causa kurda. Yo aprendí a amar el cine a través de Abbas Kiarostami, pero no a hacer cine como él. Intento hacer películas a mi manera, inspirándome en la cultura de mi país”.
Y cuando Ghobadi habla de su país no habla del estado iraní, se refiere a ese territorio de brumas y montañas entre Irak, Irán, Siria y Turquía, hogar de un pueblo sin estado que se cuenta entre los más orgullosos del mundo. Todos sus largometrajes son películas de frontera, fronteras inventadas entre montañas imponentes, que separan a hombres y mujeres de las mismas familias y que suelen desempeñar el papel de un personaje más en el desarrollo de sus filmes. Así ocurre en su primera película –El tiempo de los caballos borrachos (1999)–, en la que un niño trabaja de estraperlista de tercera pasando productos de primera necesidad entre Irak e Irán y nuevamente en la segunda –Marooned in Irak (2002)–, la historia de un famoso cantante kurdo-iraní que cruza la frontera hacia el lado iraquí para acudir a la llamada de auxilio de su esposa.




2 comentarios a Bahman Ghobadi. Una mirada del Kurdistán

1. «respecto a este articulo me parece muy interesante, pues se refleja la critica realidad de un pueblo sometido por los intereses politicos, de unos gobernantes que no miden las consecuencias y los daños ocasionados a los que no se encuentra emersos en el. me hace pensar y reflexionar tambien sobre la critica realidad de mi pais colombia en que las situaciones se asemejan, es triste saber que son estos niños los que arriesgan sus vidad para desactivar estas minas y es triste saber que sean los principales que caen en estas terribles trampas, que no miden los efectos y el sufrimieto de niños, de mujeres, ansianos y todo un pueblo sometido por el terror, donde esta las organizaciones internacionales, la ONU,..... la lucha no es solo de los que sufren... la lucha es de todos.... los derechos humanos no son objeto de noticia y de inspiracion de obras, cine... sino que desde ambito juridico y reconocimiento de estos se hagan respetar....»


Dicho por leidy olaya el Fri 23-10-2009 19:21 (UTC)


2. «considero que el pueblo Kurdo debe perseguir aun mas esta lucha empleando los mecanismos juridicos.
la ONU (?).
Los niños, las mujeres, los ansianos no pueden seguir siendo el blanco de los malos gobernantes y de los mal nacidos que solo siembran terror.....»


Dicho por leidy olaya el Fri 23-10-2009 19:40 (UTC)




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