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17.LDNM - Jul-Ago 2005
Actualidad
George Saunders. La vida en un parque temático
César Rendueles
George Saunders es una extraña mezcla entre Ballard y los Monty Python. Sus cuentos recurren a la ciencia ficción y, sobre todo, al humor para repasar algunas de las mayores y más cotidianas excentricidades de nuestra sociedad. Saunders se recrea en la forma de vida de esos norteamericanos pobres que, cuando no están en Irak torturando prisioneros de guerra, trabajan doce horas al día en el McDonald’s más cercano a su granja. Tras Pastoralia (Mondadori, 2001) se acaba de editar en castellano Guerracivilandia en ruinas (Mondadori, 2005), su primera y aclamada colección de relatos.
Varios de tus cuentos se desarrollan en parques temáticos. Alguna gente ve estos engendros del ocio como símbolos de transformaciones decisivas de las sociedades contemporáneas. ¿Por qué te interesan a ti?
Para serte franco, me gustan las historias que se desarrollan en parques temáticos porque resultan divertidas de escribir. Me interesa el lenguaje que esos lugares permiten emplear y la clase de energía que los rodea. Todo lo demás, las referencias políticas o el simbolismo, son subproductos afortunados. Aunque, por otra parte, puede que esto sea una forma de decir que, por alguna razón, un parque temático tiene una conexión afortunada con los tiempos que nos ha tocado vivir, y que el escritor (o sea, yo) percibe esas resonancias en las numerosas oportunidades que ofrecen para emplear un lenguaje divertido o sorprendente.

A menudo se habla de tus cuentos como si fueran las típicas historias acerca de freaks e inadaptados sociales, un poco en plan Bukowski...
No pienso en mis personajes como inadaptados sino como gente similar a mí en un mal día, o similar a mí sin mi suerte o sin mis privilegios. Me gusta aquello que decía Chejov de que todo hombre feliz debería guardar en el armario a un hombre desgraciado con un martillo cuyo constante golpeteo le recuerde que no todo el mundo es feliz. En mis cuentos intento ser ese hombre, trato de recordarme a mí mismo que la vida puede ser amarga y cruel y que al final probablemente lo será conmigo del mismo modo que ahora mismo lo está siendo con alguien en algún lugar.

En alguna ocasión te has declarado heredero de una tradición satírica que se remonta a Swift o Twain. ¿Es una forma sencilla de decir que usas el humor como un instrumento para la crítica?
Supongo que sí. O a lo mejor sólo uso el humor porque disfruto haciéndolo y las historias terminan pareciendo crítica social porque soy una persona crítica: o sea, una persona que tiene una excelente opinión del mundo, a la que le gustaría que el mundo se pusiera a la altura de la opinión que tiene de él y que se siente ofendida cuando esto no ocurre.

¿Qué relación crees que existe entre la sátira y el realismo? Me refiero a que, a veces, las obras satíricas y un tanto demenciales, como las tuyas, parecen más cercanas a la realidad que otras obras de intención naturalista.
Me da la impresión de que lo que todo escritor intenta hacer es hallar la verdad última de su existencia, algo así como su auténtica “percepción” de la realidad. Los escritores naturalistas adoptan la estrategia de envolver esa naturaleza profunda con algo que se parece a la “vida real”. Es una opción legítima. Pero hay otro tipo de historias –los cuentos de hadas, Shakespeare, Gogol, las pesadillas– que se desprenden del ropaje naturalista y se limitan a buscar la verdad interior. Mis escasas dotes artísticas se adecuan mejor a este último tipo de escritura.

¿Crees que los críticos literarios tienen dificultades para tomarse en serio la comedia?
No, o al menos yo no he tenido esa sensación. De hecho, me parece que los críticos se toman la literatura cómica bastante en serio. He notado, eso sí, que a veces los escritores de historias cortas están peor considerados que los novelistas. Aunque quizás tengas razón. Supongo que la gente tiende a pensar naturalmente que el escritor “serio” ha pensado las cosas más profundamente. Pero no creo que eso así sea necesariamente. Me parece que cualquiera que considere la vida seriamente llegará a la conclusión de que es bastante divertida, absurda, inconstante y contradictoria. Dicho de otro modo, escribo historias cómicas porque así es como percibo la vida. Este me parece el modo más “serio”, generoso y receptivo de acercarme a la realidad.

Has tenido un montón de empleos distintos, algunos de ellos más bien extraños (ingeniero en un oleoducto, portero, guitarrista en un grupo country, techador, empleado de un matadero de Texas). ¿Crees que estas experiencias te han ayudado a evitar el olimpismo académico de algunos escritores?
Bueno, como siempre he tenido que trabajar y nunca he tenido más dinero del que necesitaba, el trabajo y el dinero nunca han estado muy alejados de mis pensamientos. Y eso se ha reflejado en mi forma de escribir. A veces me da la impresión de que la escasez es el factor más importante de la vida humana y que, si se eliminara este condicionante, la vida en la Tierra sería un asunto completamente diferente. Puede que ni siquiera existiera la literatura, porque todo el mundo estaría disfrutando de todo para después caer felizmente dormido. Por otro lado, la gente es igual en todas partes y probablemente la cagaríamos (véase “La Biblia: Jardín del Edén”) y después empezaríamos a escribir novelas e historias y obras de teatro para intentar entender cómo es que se torcieron las cosas.

En cualquier caso, pareces muy interesado en analizar y criticar los aspectos más extremos del medioambiente laboral. En cierta ocasión dijiste que existe cierta conexión entre “el entorno empresarial y los grandes genocidios del siglo XX”.
Sí, me interesa este extraño periodo de calma entre los grandes genocidios que estamos viviendo. Trato de comprender dónde se refugia el impulso genocida cuando no hay un auténtico genocidio en marcha. Vamos, que dudo que la gente haya cambiado milagrosamente desde 1944 y, por supuesto, en Bosnia o Ruanda quedó claro que no ha sido así. Siento curiosidad por los rasgos norteamericanos (o británicos o españoles), ahora silenciosos, que pueden llegar a alzar su desagradable cabeza y llevar a alguno de estos cuerdos y pacíficos países a embarcarse en una matamza. Es decir, sospecho que el odio necesario para iniciar un genocidio está latente y que podría haber sutiles señales reveladoras, en el lenguaje y en los comportamientos, que nos alertan tanto de su inminencia como de su procedencia.

Eres ingeniero, ¿en qué medida esa educación técnica ha condicionado tu forma de entender la literatura?
Empecé a escribir tarde y me acerqué al oficio de un modo torpe y poco eficaz. Esto me llevó a escribir de modo diferente que mis colegas que habían comenzado a escribir antes y se habían iniciado en este oficio de un modo más tradicional, con un énfasis diferente en el lenguaje y, quizás, la sensación de que algunos temas, personajes y expresiones supuestamente no literarios, al fin y al cabo, también podían encontrar acomodo en la literatura. Aunque, por otro lado, también está el caso de Flannery O’Connor, que empezó a escribir en los departamentos de filología inglesa y nunca hizo nada más ni quiso hacerlo y era un genio. Vaya, que creo que la Casa de la Escritura tiene muchas puertas.

Recientemente has comenzado a escribir sobre problemas políticos como la guerra o las elecciones presidenciales de EE UU. ¿Qué te ha llevado a adentrarte en este campo?
Creo que algunas historias de, por ejemplo, Guerracivilandia en ruinas tenían cierto contenido político más o menos implícito. Pero los acontecimientos recientes que han tenido lugar en EE UU me han hecho desear escribir más abiertamente de política en forma de ensayo. Lo que me llevó a esto fue, sobre todo, el aluvión de luto y preocupación que se produjo tras el 11-S y la Guerra de Irak y el consiguiente y estúpido giro generalizado hacia la derecha. Veo que Norteamérica está cambiando de un modo que me entristece, y a medida que me hago mayor, mi amor por lo que mi país solía ser y aún aspira a ser, me hace pensar que podría ser buena idea hablar de ello cuando el cuerpo me lo pide. De todos modos, tampoco es que nadie me haya hecho mucho caso.

¿Podrías contarme algo de “El breve y espantoso reinado de Phil”?
Es una fábula que surge de mis nuevos intereses de los que te hablaba cuando me preguntabas acerca de los genocidios. Empezó como un libro para niños, pero el asunto del genocidio se metió por en medio y la narración se convirtió en una especie de meditación acerca de la tendencia humana a formar grupos deseosos de acabar con otros grupos. Así que no es exactamente un libro infantil. Terminó siendo un retrato de este chico, Phil, que es una especie de depositario de todo lo que va mal en la personalidad humana. ¡De lo más alegre! Lo publicará Riverhead Books el próximo otoño..
George Saunders
GUERRACIVILANDIA EN RUINAS
Mondadori, 2005
“Guerracivilandia” es un parque temático. Igual que aquel moderno parque de Pastoralia cuyos empleados tenían que habitar en cuevas prehistóricas artificiales y fingir que se despiojaban obsesivamente ante los visitantes. Solo que Guerracivilandia –dedicado, claro, a la guerra civil norteamericana– es una instalación ajada que se cae a pedazos y cuenta con la inoportuna presencia de auténticos fantasmas procedentes del pasado y, sobre todo, violentas bandas de delincuentes juveniles que asaltan a los clientes. Las cosas comienzan a torcerse definitivamente cuando el encargado del parque contrata como refuerzo de seguridad a un marine enloquecido que se dedica a exterminar a los pandilleros y a parte de los visitantes. La trama de esta historia da buena idea del tono general de Guerracivilandia en ruinas: futuros cercanos en plan Mad Max en los que la gente se siente tan desgraciada e insatisfecha como hoy, con sus vidas insignificantes dominadas por oficios tan superfluos como inestables. Por Guerracivilandia desfilan octogenarios condenados a hacer trabajos no cualificados para sobrevivir –concretamente, tareas de limpieza en un parque temático cuya pieza estrella es una vaca transparente con estómago de plexiglás–, racistas misérrimos que sobreviven en un peligroso gueto negro, mutantes perseguidos y condenados a trabajar como esclavos, un hombre que trabaja en un parque acuático en el que provocó la muerte accidental de un niño, un obeso que trabaja en una empresa fraudulenta dedicada al exterminio de mapaches y dirigida por un sádico criminal... Pastoralia hablaba claramente de la vida que llevan todos esos trabajadores que, tras el cierre de las fábricas y el éxodo rural, han encontrado empleos miserables que nadie debería realizar en empresas que ofrecen servicios que nadie debería desear. En cambio, Guerracivilandia es un libro más excesivo que nos muestra que hay algo no sólo equivocado sino radicalmente maligno en este apacible mundo de videoconsolas, coches tuneados, pizzas a domicilio, monovolúmenes y franquicias de Walt Disney.




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