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18.LDNM - Sep-Oct 2005
Cine
El salario del miedo
R. C.
Una de las primeras cosas que vienen a la cabeza al ver El salario del miedo es la actual tendencia del cine de acción a virar hacia un territorio donde lo enrevesado impone su ley y convierte cualquier argumento en inverosímil. Por el contrario, parece que, hace medio siglo, sólo hacía falta recurrir a un camión destartalado y al rostro imperturbable de Yves Montand para poner en marcha una película de alto voltaje. Y es que da miedo pensar en lo que podría hacer un guionista del Hollywood actual con un argumento como el de El salario del miedo. En efecto, cuando uno resume la trama de la película parece la idea original de una película de Steven Seagal: un pozo petrolífero se incendia en Centroamérica y la empresa propietaria contrata a un tipo para que conduzca hasta allí por un camino impracticable un camión lleno de nitroglicerina con la que apagar el fuego. No es que la compañía petrolífera le obligue a ello: es muy libre de rechazar el empleo y morirse de asco o hambre en un pueblucho en el que no tiene trabajo ni medios para irse a otro lugar. Es así que, en muchas ocasiones, se ha interpretado El salario del miedo no como una película de acción sino como una especie de metáfora del capitalismo. Es cierto que la novela original de Georges Arnaud abunda en referencias laborales, como en esta memorable escena:

“Gérard se acercó a los trabajadores. El sudor les chorreaba por el cuerpo [...]. A veces uno de ellos se detenía y tosía, escupiendo a continuación una mezcla de mucosidades y cemento. Cuando tardaba mucho, el capataz silbaba dos veces, el tercer aviso era un garrotazo. Gérard se acercó a él, le entregó el sobre que le había dado el tipo de inmigración y preguntó:
–¿Cuál es el trabajo? [...]
–Tienes que sustituirme, compañero.
Gérard lo miró. Aquel ser innombrable era francamente amistoso.
–Prefiero que me den de comer en la Cárcel Modelo por haberte asesinado antes que hacer este trabajo”.

Sin embargo, la obra de Arnaud está marcada por un malditismo de lo más francés –un poco en plan Celine– que impide comparar El salario del miedo con esas novelas de B. Traven que sirven de excusa para hablar de la situación de los campesinos de Chiapas. De hecho, la novela tiene un claro aroma autobiográfico. George Arnaud (1917-1987) se fue a Guatemala en 1947 con trescientos dólares en el bolsillo después de haber sido acusado, encarcelado y absuelto por el asesinato de su padre y su tía. En 1950 Arnaud vuelve de su exilio americano y publica El salario del miedo que obtiene un gran éxito y se convierte en película en 1953.

En realidad, la gracia de El salario del miedo no está ni en su bagaje ideológico ni, por supuesto, en su decadentismo tropical un poco cursi, sino en el modo en que consigue atrapar la atención del lector sencillamente mostrando a un señor conduciendo un camión. Nabokov solía recomendar a los escritores novatos que se centraran en los detalles y Arnaud sigue al pie de la letra la lección. Lo que importa son cosas como la presión de las ruedas, el sueño del conductor, las marcas de una pista de tierra, las horas de viaje, la habilidad del copiloto, el lubricante del vehículo... Es esta tensión microscópica la que hace que resulten interesantes las andanzas por Guatemala de un francés más bien antipático o los tejemanejes, más bien previsibles, de la compañía petrolífera.


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