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18.LDNM - Sep-Oct 2005
Cine
Sesión continua. Mujeres al borde de un ataque de teletipos
Fanfatale
Murphy Brown no podría haber sido otra cosa. Ni médico, ni maestra, ni banquera. Murphy Brown es la hija de una estirpe de periodistas atacadas, ingeniosas y exquisitamente conjuntadas. Si eres una de ellas o, peor, si sufres a una, corre al videoclub y monta una sesión para conocer a los mitos de la especie. De menú, dry martinis; de uniforme, tacón perfecto y un gorrito a juego. Para algo estamos reivindicando tópicos.

En la obra de teatro original, Hildy Johnson era un hombre. En Luna nueva (1940) Howard Hawks decidió que el reportero estrella del Chicago Morning Post fuese una mujer, más precisamente, la ex mujer del jefe. La guerra de sexos complica la trama ya de por sí liosa. Política, asesinatos, encubrimientos y los diálogos más endiablados de la screwball. Una delicia para el aparato de DVD cuyas funciones de subtítulos y pausa harán horas extra. Hildy lo quiere dejar, al ex marido y al periodismo, para convertirse en la discreta mujer de un contable, o lo que sea… ¿A quién le interesa lo que sea el contable? Pero como decía el escorpión de la fábula, no se puede luchar contra la propia naturaleza. Sea ésta perseguir scoops o señores con malos modales, lenguas viperinas y el chasis de Cary Grant. Resultado, Hildy escribe el reportaje del año, se vuelve a casar con el crooner morenazo y durante todo el proceso ni se despeina las ondas.

Por otro hombre está a punto de dejarlo todo otra periodista, pero también es difícil tenérselo en cuenta. Lois Lane se enamora de Superman (Richard Donner, 1978) y se mete en más de un lío por su culpa, con lo bien que le iría si se conformase con el pazguato de Clark Kent. Pero a Lois le va la marcha, es cabezota, redichita, astuta, contestona y altiva. Una joya. Vive en un pisazo que más quisieran la mayoría de plumillas, donde no puede faltar la terraza ideal para que aparque el de los calzones rojos. Margot Kidder es la canadiense de treinta años que todos conocemos cristalizada como Lois Lane, de la misma forma que Carrie Fisher será para siempre Leia. Ni especialmente guapa, ni abrumadoramente joven, pero con ese no sé qué que qué sé yo.

Estas chicas espabiladas comparten sin embargo una debilidad con todas las demás: hombres. Y, coincidencias de la vida, hombres periodistas (vale, Superman es medio periodista sólo; en compensación, es medio superhéroe). ¿Será la endogamia la única salida emocional para la mujer profesional? Dos pájaros de un tiro, o cómo encontrar novio sin dejar de currar un minuto. Sea como fuere, el epítome de la reportera atacada de los nervios y enamorada de un compañero es Tess Harding. Katharine Hepburn en La mujer del año (George Stevens, 1942) borda el encanto de la reportera lista, capaz de fumar con la comisura, leer teletipos con una mano, hacerle mimos al propio con la otra, hablar por teléfono y quitarse con inusitada dignidad una pamela desmedida, todo al tiempo. El propio es, por primera ver en pantalla junto a ella, Spencer Tracy. Un periodista deportivo, campechano y cervecero, con las manos más rudas de la redacción. Se vuelven locos, para bien y para mal, y, claro, se casan. Él, desplazado por la vida social y la adicción al trabajo de ella, intenta domesticarla. Al final llegan a una entente, por la que él admite la disfuncionalidad de ella para ser la perfecta esposa y ella le intenta cocinar tortitas. Pero antes de los panqueques (qué quieren, eran los años cuarenta) la pareja tiene uno de esos piques gloriosos entre amantes/compañeros. Como no podría ser de otra manera, transcurre en un bar. Él recuerda cómo en la universidad los muchachos se retaban a ver quién aguantaba más bebiendo. “¡Qué infantil!”, coincide la pareja. Siguiente pantalla: mesa repleta de copas vacías, él se sujeta la cabeza entre las manos, ella farfulla de política desde el suelo. A tumbos se meten en un taxi, se acurrucan y él le dice que la quiere. “¿Incluso cuando estoy borracha?”, pregunta ella. Él, rendido, contesta: “Incluso cuando eres brillante”.


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