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25.LDNM - Jul-Sep 2007
Actualidad
Música sin mercado
Fermin Muguruza, Bruno Galindo, Carlos Tena y David S. Mordoh
Fotos: Teriyaki Matz y Whiteoakart, Bruno Galindo, Bogavante Rojo, Kool Skatkat y Sabar-Elina
En Occidente estamos acostumbrados a confundir música e industria musical. Las multinacionales nos sobrealimentan con novedades desechables y los medios tratan las canciones como un accesorio más de la moda del momento. Sentíamos curiosidad por saber cómo funcionan las cosas en los países que no tienen mercado, ya sea por su rechazo al capitalismo o por ser tan pobres que las grandes discográficas no han considerado rentable instalarse allí. Trasladamos la pregunta a nuestros colaboradores más viajeros. Jamaica, Corea del Norte, Cuba, Senegal…

Jamaica. Ritmo en la panadería

Texto: Fermin Muguruza

Imagen: Teriyaki Matz y Whiteoakart


En Jamaica la música es una celebración, tiene mucho que ver con el concepto de músico como griot, que es la figura africana que transmite un bagaje cultural ancestral. Cuando fui a grabar noté que los músicos son figuras muy respetadas. No sólo en los directos, sino también en las grabaciones. En Europa van al estudio los músicos que tienen que grabar, en Jamaica aparece por allí el cocinero y la madre de un músico que ha ido a ver qué hace ese cantante que ha venido de lejos y que habla una lengua tan extraña. En el gueto hay pintadas con la frase de Bob Marley: “Liberaremos al hombre a través de la música”. La música es un elemento curativo, de emancipación, de autoestima. Les enorgullece que en las listas británicas siempre haya alguna canción con toque jamaicano.

La música jamaicana comienza a tomar su personalidad con el afterbeat, que es cuando en vez de golpear en la negra se golpea el contratiempo de la síncopa. En el fondo, es la misma idea de las palmas del gospel. La radio es muy importante, pero lo que manda son los DJ y los soundsystems. Cuando yo estuve pegaba mucho el tema "Confessions". El formato más popular no son los álbumes, sino los riddims, que llevan el mismo tema grabado quince veces con distintos cantantes y el último corte libre para que cante quien quiera. Esos CD no se venden, se pasan a las radios, sobre todo a una muy importante que se llama Irie FM. Los riddims son la forma de introducir nuevos cantantes, porque el mismo éxito lo canta alguien famoso y alguien nuevo. La gente no dice “me gusta la canción ‘Confessions’”, sino “me gusta el riddim ‘Confessions’”. Más que discográficas, funcionan las escuderías musicales de los productores. El público en general no compra discos, hay música por todas partes. Si estuviéramos ahora mismo en Kingston, en esta terraza de Lavapiés habría unas cajas de madera y sobre ellas un soundsytem. Y en el bar de enfrente habría otro. En los veinticinco metros cuadrados del estudio donde grabé había tres. En Jamaica hay soundsystems en los autobuses y en las recepciones de los hoteles. Hasta en las panaderías. Hay un canal de televisión sólo de música y otro sólo de dancehall, que es donde se anuncia el Pasa Pasa, una fiesta que se celebra en Kingston todos los martes y que dura desde las once de la noche a las seis de la mañana. Tiene lugar en una calle de medio kilómetro y cada puesto ambulante (de bebida o de salchichas) tiene su soundsystem. La entrada es gratuita. En nuestro hotel te despertabas a las tres de la mañana y siempre escuchabas reggae a todo volumen. La música nunca es motivo de queja. Pegaba muy fuerte "Welcome to Jamrock" de Damian Marley, con su sampler de "Ine Kamoze". La canción es una denuncia de cómo el país ha pasado del látigo esclavista al látigo del Fondo Monteario Internacional o la Organización Mundial del Comercio. El disco es buenísimo.

¿Homofobia en Jamaica? Es cierto que hay una corriente en el dancehall que es una especie de movimiento religioso cuyos miembros se hacen llamar bobo dreads. Llevan turbante, hablan de la supremacía negra y son antihomosexuales Por ejemplo Sizzla, que también es antijudío, curiosamente hace una versión de "Subterranean Homesick Blues" en un tributo jamaicano a Bob Dylan. Esencialmente es un provocador: en una de las últimas ediciones del festival Reggae Sunsplash soltó "hay que quemar a todos los blancos que están en el backstage" . Sunsplash es un festival para blancos. Sizzla rompió un pacto que habían hecho los promotores franceses con movimientos sociales de gays y lesbianas para que los artistas no cantaran letras homófobas en ese país. Pero, cuidado, en Jamaica también se usa la palabra “maricón” como aquí, en plan inofensivo. Dr Decker tienen una canción contra la llamada "mafia rosa" porque, según dice, compraron una playa en Jamaica y la hicieron privada. A los jamaicanos les molesta que haya zonas valladas para turistas donde no pueden entrar. Pero, vamos, yo prefiero el conscious reggae de gente como Luciano. Me gustan mucho otros artistas, como Turbulence, que no tienen letras homófobas. En todo caso, en Occidente tenemos a Eminem, que ataca a los homosexuales y parece que todo se le perdona por tocar con Elton John.

Durante mi estancia en Jamaica fui a tres conciertos. Lo que más me gustó fue ver a Gregory Isaacs. Era para celebrar un aniversario de Dennis Brown. Tocan ocho horas con dos baterías, dos teclistas y dos guitarristas. Los músicos se van turnando para poder aguantar. Llega un momento en el que entras en trance. Fue curioso estar en una sala de 1.500 personas donde el único blanco era yo. También fui a un concierto de Bunny Wailer donde asistió el primer ministro de aquella época (ahora está una mujer del PNP). En un momento dado, tocaron "Legalise it" de Peter Tosh. Bunny fue reteniendo los compases, decelarando el ritmo y le montó una bronca tremenda al ministro, diciendo que la ganja era una cosa natural, jamaicana, hecha por Dios. Incluso le llamó traficante y le acusó de venderla a EE UU. Pero el Primer Ministro aguantó el tipo. Ese día, en un descanso, pusieron "Sattamassagana", de los Abyssinians, que es una especie de himno rastafari. El título es una palabra etíope que significa "agradezcamos la vida" y que The Clash usaron en su canción "Jimmy Jazz". Hasta esa noche no me enteré del todo de lo que significaba.

Pop songun. (o la radio que no se puede apagar)

Texto e imagen: Bruno Galindo

En Corea del Norte existen dos tipos de música: la folklórica y la ideológica. El primer estilo hunde sus raíces en la Corea de los reinados, muy previa a la ocupación japonesa, a las guerras de la primera mitad del siglo XX y a la división de la península por el paralelo 38 en 1945. Esta música tradicional (pequeños tambores, danzas coloridas, trajes regionales, melodías netamente orientales) es una de los pocos puntos en común entre la última nación estalinista del planeta y su ultratecnológica Hermana del Sur.

Respecto a la música vinculada a lo ideológico, es música militar o militarizada. Suena a todas horas. Como los altavoces están en calles y avenidas, en ciudades y aldeas y también en el trabajo y en los hogares (la radio no se puede apagar, sólo bajar el volumen), las marchas y canciones forman parte de la vida cotidiana de un modo absoluto. "Mi país es el mejor", "Pensamos en el Líder día y noche", "Hacia la batalla decisiva", "Canción de la Unidad": la población está tan habituada a las notas y las letras de estos y otros himnos como al encendido y apagado, en bloque, de los distintos barrios del país, ahogado por la crisis energética. La televisión, que suele emitir a diario prácticamente la misma programación, contribuye al gran mantra ideológico-musical. La diferencia entre el uso de la música y el de las sirenas (que suenan a las 6:00, 7:00, 12:00, 13:00 y 16:00 horas) es, en realidad, cuestión de matices.

Digamos también que hay cierta variedad en la música militar, pues si por un lado existen los clásicos orfeones (imagínese a un millar de tenores-generales coreando al unísono su lirismo y fiereza kimilsuniana), por otro hay una versión atípicamente infantilizada, gomosa mezcla entre la marcha ortodoxa, la ópera, Disney, Bollywood y el tecno (hay un estilo electrónico autóctono cuya creación se atribuye, como todo lo demás, al Querido Camarada Kim Jong-il). Esta amalgama es lo que más se escucha en festivales populares al filo de lo eurovisivo, y lo que siempre se ve en descoloridos videoclips cuyo año de producción resultaría imposible de determinar.

Las formaciones son de todo menos convencionales: uno puede ver un septeto de niñas acordeonistas, luego una banda con tres niños a la batería y dos al teclado, por fin treinta violinistas y diez trompetistas. Extraordinariamente ejecutada y bailada (siempre por niños prodigio) esta música podría calificarse de pop militar. Pop songun, utilizando el nombre de la nueva era de priorización militar marcada por el nuclear y teamamericanizado Kim Jong-il. Mezcla imposible entre Pink Floyd, Wagner y la sintonía de una apocalíptica serie de manga. Lo agudo de las voces hace pensar en una cinta acelerada. ¿La partitura? Al oído occidental, parece la obra de un loco. Es música híbrida, fascinante, extraña, difícil, chirriante, descacharrada y sensacional. En Corea del Norte, paraíso socialista que vive en un calendario o era Juche cuyo año cero arranca en el mes de la concepción del patriarca nacional Kim Il-sung hace algo menos de un siglo, no se conoce a Madonna o Michael Jackson: queda desmentida cualquier penetración de músicas extranjeras. Además, tararear alguna canción de fuera supondría un pasaje inmediato al gulag, donde se reeduca al 10% de una población de 22,5 millones de almas. No hay riesgo de piratería (prohibido Internet) ni hay mercado para el politono (prohibidos los móviles).

El contrapunto anecdótico, aunque no poco interesante, se marca en Corea del Sur, donde desde hace algunos años lo norcoreano está de moda y lo relativo a Kim Jong-il es visto por el sector más frívolo de la sociedad como un acontecimiento retro-kitsch. En el Sur hay restaurantes temáticos del Norte donde puedes escuchar esta música mientras unos camareros vestidos como en el país vecino te atienden como a un perro. O se forman grupos de pop con chicas que lograron escapar de allí y las venden como fenómeno de fans. Irreal, desproporcionada, injusta y cruel es la diferencia, que crece cada día, entre un mundo dominado por el mercado y otro en el que el mercado está absolutamente proscrito.

En Cuba no gusta el rock, pero sí el perreo...

Texto: Carlos Tena
Imagen: Bogavante Rojo

Fui a Cuba por primera vez en 1980 para un programa de La 2 que se llamaba Música, maestro. También estuve en la isla cuando cayó la Unión Soviética, en el llamado Periodo Especial (1990-1994) y creí que aquello se venía abajo. Pasaban penurias, necesidades alimenticias de verdad. Superaron aquella crisis y ahora han remontado. Desde junio de 2003 vivo y trabajo allí muy a gusto. No es fascinación política. Más que socialismo, allí se hace cubanismo, que no tiene nada que ver con el sistema que pudiera haber en Hungría o en Alemania del Este. Los cubanos son gente que canta, baila, hace el amor y, si puede, no trabaja.

El formato musical que manda es el CD, los equipos vienen de Canadá, España, Venezuela, pagados con níquel, ron o tabaco. El Estado deja que la gente funde sus sellos discográficos y fiche a sus artistas. También hay empresas mixtas mitad cubanas mitad españolas, italianas, mexicanas, francesas. Allí a todo el mundo se le escucha. En el Instituto Cubano de la Música hay censados 19.900 músicos. Todos viven de su trabajo y tienen oportunidad de tocar. Les facilitan unos recitales mínimos y giras a nivel nacional.

En Cuba no hay que pedir permiso a las autoridades para que un local tenga música. Al revés, no se concibe un local sin un grupo o solista en directo. El Malecón es un inmenso teatro desde el Morro Cabaña hasta más allá de la Tribuna Antiimperialista. Puedes ver cuatro o cinco kilómetros de gente tocando. Luego lo mismo te extraña un poco comprobar que un montón de ellos sólo cantan canciones de Sabina o Serrat. En la isla hay muchas agencias artísticas. El hip hop y el rock son promovidos por la Asociación Hermanos Sáiz, que eran unos héroes estudiantiles a los que les gustaba mucho la música y fueron masacrados en agosto de 1957 por la gente del dictador Fulgencio Batista. Un ejemplo de cómo funcionan las cosas: los raperos un día se presentan en el Ministerio y piden hacer una revista. Entonces les preguntan “¿Tenéis un cuerpo de redacción?”. Lo forman y se les da papel para imprimir. De ahí salió una publicación estupenda que se llama En movimiento. En el centro donde yo trabajo, hubo un encuentro de raperos y guajiros. Los guajiros tienen una técnica de improvisación llamada repentismo y queríamos compararla con la que desarrollan en el hip hop. Ganaron los guajiros, claro. Algun rapero decía "Carajo, brother, esta gente tiene un diccionario en la cabeza". Es verdad que lo tienen. En Cuba hay hip hop social: se quejan de que los turistas viven mejor que los cubanos. Lo que no hacen es insultar a Fidel. No tendría sentido. Tampoco lo tiene aquí insultar a Juan Carlos I y que te metan en la cárcel por una gilipollez. En el llamado quinquenio gris (1959-1964) hubo dos tipos que prohibieron a los Beatles e hicieron una lista negra donde incluyeron a cuatro poetas homosexuales. Se dijo: “la música de fuera vale, pero primero lo nuestro”. Es lo mismo que hizo Fraga aquí con las cuotas de 75 % de música nacional y 25% de música extranjera. Más tarde, el guitarrista Leo Brouwer, fundador de la Escuela de Experimentación Sonora del ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica), le regaló a Fidel Castro el disco De Bach a los Beatles. Mientras escuchaba dijo "qué hermosa es esta música". "Son los Beatles", puntualizó Leo. "Ah, ¿esos melenudos? Pues habrá que estudiarlo". Si lo decía Leo, que era amigo de Luciano Berio, y que además fue director de la orquesta sinfónica de Granada, pues la cosa cambiaba. Los que prohibieron a los Beatles tuvieron que echarse atrás, aunque realmente no estaban prohibidos, sólo impedían que los programaran en la radio. Silvio Rodríguez los tenía a tope todo el rato en su casa. Recuerdo que en esos mismos años, en Madrid, el director de Radio Nacional de España rompió con un punzón los discos de los Beatles, delante de mí, al grito de "Mira lo que hago con estos mierdas que se creen más famosos que Jesucristo". Luego tuvo que volver a comprar los vinilos. El rock en general no gusta a los cubanos. Pueden decir "este grupo es bueno", pero prefieren la música para bailar o al menos cimbrear el cuerpo. El rock suele ser tan cuadriculado que no les llega. No hay nada menos sensual que el rock. El house funciona, pero el reggaetón arrasa. Hay bastante reggaetón cubano. El sexo es un deporte nacional. ¿Qué grupos de fuera son populares? Pues es un poco patético: La Oreja de Van Gogh, Shakira, Álex Ubago, Bisbal, Luis Miguel... También gustan Audioslave o superventas como Sabina, Serrat y Manu Chao, que son dioses. En general los cubanos son gente ecléctica. No tienen muchas fobias y filias musicales. Les gusta la música como parte de una fiesta. Cuba es una fiesta. Posdata: Tena pone otro ejemplo de la falta de prejuicios del país caribeño: "Hay un programa semanal en la tele, buenísimo, que se llama Un palco en la ópera. Lo presenta un tío muy culto y gracioso. Un día vi que estaban emitiendo la zarzuela La Revoltosa. Le dije al presentador ‘Nunca he visto defender tan bien un espectáculo tan malo’. Su respuesta fue ‘todo tiene su valor, Carlos, todo tiene su valor’. Siempre le encuentran un lado positivo a las cosas, todo lo contrario del vitriolo que vertemos por aquí”.

Dakar. Sin pase de backstage

Texto: David S. Mordoh
Imagen: Kool Skatkat y Sabar-Elina

Vísperas navideñas de 1996. Paseo con mi esposa y mi hijo de ocho años por el centro de Dakar cuando, en la orilla este de la plaza de la Independencia, una mujer desde un taxi en marcha me avisa de que uno de los vendedores ambulantes que nos atosigan es carterista. Nos deshacemos de él con buenas maneras mientras caminamos hacia el palacio presidencial, donde otro transeúnte es-pectador nos aborda para comentar la jugada ocurrida minutos atrás. Dice que es músico y, cuando le insinúo que colaboro en una revista musical española y que hace pocos meses he entrevistado al dios local Youssou N´Dour, se le iluminan todas las partes de la cara que no son negras. Nos dice que cerca de allí esta noche hay un concierto importante de música de Mali, así que doblamos a la derecha por el boulevard de la Republique y minutos después estamos delante del teatro Daniel Sorano.

Con toda la naturalidad del mundo mi nuevo amigo me pregunta si quiero conocer a los músicos. Aún estoy pensando una respuesta cuando, después de entrar por la puerta del callejón, me encuentro sobre el escenario asistiendo al ensayo de Toumani Diabate. Me había llevado de la mano un desconocido sin atravesar ningún control ni barrera, como si el hecho de ser músico en África significase más que nunca ser parte del pueblo. Toumani me atiende cortésmente, lo que me anima a pedirle que me atienda unos minutos después del concierto de esta noche, pues mi grabadora está en el hotel. Frunce el ceño aunque, como buen africano, es incapaz de decir que no. Al parecer, vendrá parte de su familia de Mali, así que prometo ser breve, entre otras razones porque, una vez que se ha ido el público, cuesta mucho encontrar un taxi a medianoche en una ciudad entonces peligrosa como Dakar. Aquella noche el vestíbulo del Sorano era una orgía de colores. Los hombres vestían con elegancia exquisita y sus acompañantes, señoronas de la jet set de Dakar, deslumbraban con sus vestidos de telas brillantes a juego con el bolso y el pañuelo de la cabeza. Una velada de alto copete en torno a un concierto repleto de estrellas; la más aplaudida, Kandia Kouyate, por la orquesta de Diabate. Y no se trataba de escupir los éxitos comerciales sino de revivir las verdaderas canciones populares de sus culturas implicando al público, que coreaba, pedía cosas y tiraba monedas. Como colofón, subió a escena Youssou N´Dour para demostrar que estaba allí, en aquel acto social ante la burguesía local que había pagado seis euros para entrar, y que su concierto del día siguiente llenaría un campo de fútbol con su público de verdad, el que no para de bailar, viste con chándal y a duras penas ahorra para comprar la entrada de un euro o su, por aquel entonces, nuevo y fantástico trabajo, una colección de ocho canciones solo disponibles en casete –el mercado africano funcionaba en este formato– que se escuchaba por todas partes y mi hijo no tardó en aprender.

Al terminar el concierto me levanté del asiento con la firme intención de subir al escenario para entrevistar a Toumani. Una muchedumbre se arremolinaba alrededor del músico cojo, gentes amigas, residentes en Dakar o que habían viajado muchos kilómetros polvorientos para presenciar el acontecimiento. Percibí que no era de recibo que un periodista caprichoso se entrometiera estropeando la magia del momento, así que enfilé el pasillo en la dirección correcta, siguiendo al resto de asistentes. Permanecí un par de minutos en el vestíbulo, pues deseaba contemplar juntas por última vez a las grandes y hermosas damas negras con sus trajes de telas preciosas.

Postdata: Por cierto, hay buenos discos africanos que no se publican en Europa, creo que porque hay pocas discográficas emprendedoras que crean en el producto. Además, al ser discos muy cortitos no los ven comercialmente atractivos. Eso para los músicos africanos que no tienen contrato con las grandes. El caso de gente como Youssou es distinto: la multinacional cree que el producto no se adecua al paladar blanco y en el mejor de los casos, como con algunas canciones de "Lii!", las camufla entre una colección de canciones expresamente diseñadas para Occidente (instrumentación y esquema rock, sobre todo si el artista ha conseguido hacerse un nombre y una pasta con alguna pieza tipo "7 seconds"). No creo que sea una decisión de Youssou, a él seguramente le encantaría que su verdadero pop llegase a todos los rincones del planeta.


2 comentarios a Música sin mercado

1. «Estupendo artículo colectivo. El de Fermín Muguruza me ha dejado con los dientes largos (o me ha puesto palote). El de Galindo es horripilante (en sentido literal) y el de Carlos Tena me ha dado ganas de viajar a Cuba para algo más que practicar "el deporte nacional".»


Dicho por zippy el Thu 04-10-2007 10:15 (UTC)


2. « buuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu
q fommeeeeeeee!!!!!!!!!!!!!!!!!
»


Dicho por el Thu 12-11-2009 21:38 (UTC)




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