28.LDNM
- Jun-Ago 2008
Actualidad
Ruta del bakalao. Aquellos maravillosos años
Víctor Lenore
Hace unas pocas semanas se ha editado el compacto 72 horas: La Ruta a Valencia (Blanco y Negro). Sus responsables sostienen que hoy ya podemos valorar con perspectiva el apogeo de las discotecas valencianas entre finales de los ochenta y comienzos de los noventa. ¿Por qué no era posible hacerlo hasta ahora? Lo explica bastante bien el periodista Joan M. Oleaque en su ensayo En éxtasi (Ara Llibres, 2004): el esplendor de "la ruta" coincidió con un subidón del periodismo sensacionalista en nuestro país, así que aquella juerga más o menos desbocada acabó narrándose en los medios como una amenaza social o una crónica de sucesos. 72 horas incluye dos compactos de música (pura arqueología "bakala") y un documental bastante malo (hablansobre todo los "capos" de los garitos y personajes tan tangenciales como Loquillo o Bunbury). Si quieren hacerse una idea de lo que pasó allí casi es mejor que pinchen en Youtube y busquen el reportaje "Hasta que el cuerpo aguante", emitido por Canal + en 1993. A pesar de sus tintes tremendistas, en la cinta por lo menos habla la gente que lo vivió. Si necesitan más, aquí va la historia de nuestro confidente: el sociólogo Manuel Moltó invirtió una mañana en compartir con LDNM sus años de desfase en la Ruta del Bakalao. Un viaje al mayor fiestón de la historia de España a través de un testigo anónimo que lo vivió en el centro de la pista.
Kilómetro cero
Comencé en "la ruta" a los dieciséis años y estuve más o menos hasta los diecinueve. No recuerdo haber tomado la decisión de ir, más o menos era lo que hacía todo el mundo. Fue un fenómeno masivo. En Valencia había una discoteca, el NOD, que en principio era un nombre más, pero también eran las siglas de No Olvides Drogarte. Acabé yendo a toda la ruta: el Chocolate, el Puzzle, la Barraca, el famosísimo Spook… Bueno, estuve en todas menos en una, el Maná, que me pilló pequeño. Esta era mítica porque, entre otras cosas, allí murió gente por la mescalina. En "la ruta" te podías pasar un fin de semana entero pasando de una discoteca a otra, bailando, tomando drogas y conociendo gente de viernes a lunes. En Alicante estaba la Zentral, que era una especie de catedral luminosa en medio del campo. La mayoría de los sitios abrían a las dos del mediodía y cerraban a las dos del día siguiente. Villa Delina abría los lunes a las siete de la mañana. No creo que sea fácil imaginarse aquello. Todo era nuevo, no sólo por ser adolescentes, sino porque nadie sabía lo que iba a pasar cada noche.
El paraíso es un parking
Mi primer recuerdo es bajar a Valencia y ver el parking del Spook. Era gigantesco. También había aparcamientos animados en el Puzzle, el The Face, el Chocolate y el famoso Heaven. El parking era un hervidero donde se hacía la vida social, a los coches de al lado se les llamaba "vecinos". Había discotecas con bafles en los aparcamientos. Si no te sacaban la música, poníamos los Pioneer a toda tralla. Si había cerca un equipo mejor que el tuyo te acercabas y te ponías a bailar. Las rayas de speed se hacían en el capó y siempre invitabas o te invitaban. No se entendía tomar la pastilla sin meterte luego tres o cuatro rayas de speed. Se hacía así, directamente en el capó, si pasaba el "segurata" nunca te decía nada. El principal efecto del speed era potenciar las pastillas. Por cierto, eran pastillas marrones, más pesadas y mejores que las que hay ahora. Imagínate chavales de dieciocho años, con toda la energía concentrada, con las drogas y con una música que no aflojaba nunca. La única vez que decrecía el ritmo era cuando el DJ te preparaba para un subidón triple. A veces hasta te entraba miedo de saber cómo ibas a poder bailar eso. Yo soy delgado y de constitución fuerte, pero no se cómo aguantaba la cantidad de horas que he bailado histérico. La gente se volvía loca, pegaba patadas hacia arriba, tiraba los brazos al aire. Lo maravilloso era vernos a todos igual, ver a tu amigo Nacho llorando porque no sabía si iba a ser capaz de bailar la siguiente canción. Los famosos pitidos que sonaban en los temas te daban energía, como esos gritos que ponían de "vamos allá". Era como la guerra, la pista era una trinchera. Nos dábamos ánimos unos a otros para seguir.
No está de moda practicar sexo
La pista era sagrada. No se te ocurría liarte con nadie, se veía como una falta de respeto. Si querías ligar, te ibas fuera del club, al coche o a donde fuera. Lo normal era dejar el sexo para los días de entresemana. El rollo de pareja cortaba la fiesta, porque éramos todos un poco como hermanos. Ahora, cuando sales, tienes claro que eso es una película, que dura un tiempo limitado, que luego vuelves a casa. Allí, con diecinueve años, te creías la película de verdad, era muy normal acabar la noche con gente a la que no conocías, con todos tus amigos por otro lado. Luego, cuando ya casi ni te acordabas, te encontrabas con tus amigos desencajados en un coche que no conocías, con gente que no habías visto nunca. En la pista alguien decía "arriba" y tú le dabas la mano, le ayudabas, decías "vamos allá". Apenas había sexismo, ni peleas por mirar a la novia de otro. Las chicas no estaban para entrarlas, sino para mirarlas. Era maravilloso contemplarlas "puestas", felices, moviendo los abanicos. Por cierto: siempre he tenido la sensación de que se ponían más que los chicos. Bueno, es difícil de decir. Era todo muy comunitario. Te pisaba alguien y le dabas un abrazo. Los tíos, cuando no podían más, se cogían de la mano de dos en dos. El "pedo" te había superado, pero no podías quedarte atrás. En la calle, flipabas cuando veías un coche con todas las pegatinas de las discotecas a las que ibas. Te ponía de buen humor: "mira, otro fiestero". Si paseabas por Alicante con una camiseta de la Zentral lo más seguro es que alguien te parase, te diera la mano y te dijera: "nos vemos el finde". No existía el tema de "tú no comes pastillas para poder conducir". Nos daba igual que estuviese drogado y le agradecíamos mucho que hiciese el esfuerzo de llevarnos y arriesgarse a un accidente. Conducíamos a ochenta. Tardábamos cuatro horas hasta Valencia en vez de dos. Me acuerdo de Sergi que decía que se guiaba por la raya continua de la carretera. No sé cómo llegábamos…
Esto ya es muy evidente
La pastilla era objeto de veneración. En la Zentral, por ejemplo, tenían un láser que, poco a poco, dibujaba una pastilla que luego se movía por todo el local. De repente, al lado, dibujaban un chico, poco a poco también, hasta que llegaba un subidón de ritmo. Entonces el muñeco se ponía la pastilla encima de la boca y se la comía. Luego los ojos se les salían de las órbitas, como en Beetlejuice. Había un tintineo previo, la música pegaba un brinco y entonces todo el mundo de la discoteca se metía las "pasti" a la vez. Siempre había alguien para invitarte, siempre había alguien con coche dispuesto a llevarte a casa. No sé cómo los "camellos" de discoteca hacían negocio, porque dos de cada tres personas traían la droga de casa. Llegó un momento en que el bakalao era la primera opción de ocio para la juventud en Valencia. Entonces, Radio Nou, la radio pública, tuvo que hacer su programa de bakalao, patrocinar fiestas, con todo el mundo puesto y el logo de Canal Nou en una pared de la discoteca. Había un programa mítico, Bikini Club, que llevaba un señor mayor. Cuando aparecía por allí , todo el mundo le ofrecía dosificadores, pero él decía "no, no, que ya voy calentito". Había cosas muy evidentes, como un after que se llamaba Hook, en Torrevieja, cuyo parking daba al Aquapark. Hook abría de 7 de la mañana a 4 de la tarde. Allí coincidían, separados sólo por una alambrada, los bakalas totalmente "rotos" y familias normales subiendo las escaleras para tirarse por el tobogán. Los niños con sus flotadores se quedaban flipados oyendo el pum pum pum y mirando a la gente desfasada. En Almoradí, el pueblito de la Zentral, la gente sacaba a pasear al perro y veían los láser de la discoteca dando vueltas, chicas con minifalda, desencajadas, con las gafas de sol. En Alicante salió Onda 15, que emitía muchas veces desde los clubes. Todo el mundo sabía que los locutores iban drogadísimos. Eran míticas las retrasmisiones, con esos gritos y esos silencios que no venían a cuento. Entonces los padres comenzaron a mosquearse, los medios también y Canal + hizo el famoso reportaje, tipo "Mi cámara y yo", sobre la ruta bakala.
Controles y redadas
El tema de los controles llegó en el 95 o el 96. A un kilómetro de Almoradí te ponían un control de la Zentral. Ni siquiera te pedían el carné: tenían muy claro a por lo que iban. Te bajabas y te registraban el coche entero. No había nadie que fuese allí a tomar una copa. He visto a chicas que llevaban las pastis en un hueco del tacón alto. También en las bragas o en el sujetador. También se escondían en el capó, en el motor, en la chapita de la marca que está en el volante… Tampoco te paraban mucho rato, porque la gente llegaba desde Granada, Madrid, Murcia… se formaban colas tremendas y sabían que algún tonto iban a pillar seguro. Luego, en 1997, empezaron las redadas dentro de las discotecas. No mandaban policía sino a GEOs con uniforme azul y metralleta. Tú estabas en la Zentral dándolo todo y te decían "acaban de llegar furgones de la policía". Pasabas de tocar el cielo a estar tirado en el asfalto rodeado de tíos con uniforme. A los que iban muy pedo los metían al furgón.
El reverso tenebroso
Te he contado todo muy idílico porque yo me lo pasé muy bien en esa época. Ahora te voy a contar la parte negra. Estuve una vez en el Heaven cuando murió una persona y los porteros le pusieron una manta encima y lo dejaron ahí. Murió a las cinco de la tarde, no querían cerrar la discoteca y la gente siguió bailando. Muchos acabaron desquiciados. No podían hacer otra cosa. He conocido a muchas personas que perdieron la relación con sus padres para luego irse a vivir con el primero que se lo propusiera. De pronto te encontrabas a una chica que era de Valencia y estaba en Alicante con cien pastillas. Se las había robado a su novio y estaba por ahí de fiesta sola. Con ese cargamento se tiene para vender y vivir. Yo era de los mejor educados y también robé a mi padre. Cuanto más dinero, mejor era la fiesta. Mucha gente se quedó muy colgada con los tripis. Conozco a un chico que literalmente se ha quedado retrasado. Se comía dos o tres tripis cada finde. No teníamos referente de cuál era nuestro nivel de tolerancia. La gente se comía seis o siete pastillas por fin de semana. Pocos llegaban a la Universidad, todo el mundo se ponía a trabajar para pagarse las pastillas. Las drogas principalmente se manejaban en los pueblos. Los de la ciudad pasábamos de traficar, porque queríamos llegar a la Universidad. En los pueblos se barrieron todas las aspiraciones académicas y laborales. A mí me encerraron en un internado para que siguiera adelante y recuerdo estar levantado un viernes noche, escuchando las emisoras de la ruta. Se me cayó alguna lágrima.
Himnos y modelones
Me compré unos pantalones atados con cuerdas a los lados. Fueron un exitazo. Llevaba mi camisa de cuello alto, con un símbolo comanche, muchos anillos, todo muy ochentas. Había un par de tiendas míticas: Dinamita, Trocadero… Importantísimo tener tres o cuatro camisetas de las discotecas, además de muchas pegatinas que demostrasen dónde habías estado. Daban prestigio, te identificaban como un fiestero de la hostia. Volvemos a lo mismo: eran como los sellos del Camino de Santiago. Yo tenía un amigo que se llamaba Luz Divino, que era un bailarín excepcional. El tío iba con una camiseta de la Zentral, sin mangas y con muchas muñequeras, luego una pluma grande y las botas de metal. Y tampoco hemos hablado de los himnos. Aparte de Chimo Bayo, estaba ese que ponían en todas: "Cuatro ruedas tiene mi coche / cuatro pastillas me como esta noche / si un cuartito no coloca / un tirito y a la boca / qué ricas qué ricas / que están las pastillitas / a mí me gustan las pastillas / verdes, rojas y amarillas". A veces quitaban el volumen y nos pillaban a todos gritando la letra. Por la mañana ponían una canción superchula, el "Golden Dreams", que era premákina, con un rollo tecno pop. También estaba el "Terra Titanic". O esa que decía "We need freedom, we need freedom…"
Un versión distinta de este artículo fue publicada en la difunta revista Salir en 2004. Gracias a Manuel Moltó y Borja Bas.
Comencé en "la ruta" a los dieciséis años y estuve más o menos hasta los diecinueve. No recuerdo haber tomado la decisión de ir, más o menos era lo que hacía todo el mundo. Fue un fenómeno masivo. En Valencia había una discoteca, el NOD, que en principio era un nombre más, pero también eran las siglas de No Olvides Drogarte. Acabé yendo a toda la ruta: el Chocolate, el Puzzle, la Barraca, el famosísimo Spook… Bueno, estuve en todas menos en una, el Maná, que me pilló pequeño. Esta era mítica porque, entre otras cosas, allí murió gente por la mescalina. En "la ruta" te podías pasar un fin de semana entero pasando de una discoteca a otra, bailando, tomando drogas y conociendo gente de viernes a lunes. En Alicante estaba la Zentral, que era una especie de catedral luminosa en medio del campo. La mayoría de los sitios abrían a las dos del mediodía y cerraban a las dos del día siguiente. Villa Delina abría los lunes a las siete de la mañana. No creo que sea fácil imaginarse aquello. Todo era nuevo, no sólo por ser adolescentes, sino porque nadie sabía lo que iba a pasar cada noche.
El paraíso es un parking
Mi primer recuerdo es bajar a Valencia y ver el parking del Spook. Era gigantesco. También había aparcamientos animados en el Puzzle, el The Face, el Chocolate y el famoso Heaven. El parking era un hervidero donde se hacía la vida social, a los coches de al lado se les llamaba "vecinos". Había discotecas con bafles en los aparcamientos. Si no te sacaban la música, poníamos los Pioneer a toda tralla. Si había cerca un equipo mejor que el tuyo te acercabas y te ponías a bailar. Las rayas de speed se hacían en el capó y siempre invitabas o te invitaban. No se entendía tomar la pastilla sin meterte luego tres o cuatro rayas de speed. Se hacía así, directamente en el capó, si pasaba el "segurata" nunca te decía nada. El principal efecto del speed era potenciar las pastillas. Por cierto, eran pastillas marrones, más pesadas y mejores que las que hay ahora. Imagínate chavales de dieciocho años, con toda la energía concentrada, con las drogas y con una música que no aflojaba nunca. La única vez que decrecía el ritmo era cuando el DJ te preparaba para un subidón triple. A veces hasta te entraba miedo de saber cómo ibas a poder bailar eso. Yo soy delgado y de constitución fuerte, pero no se cómo aguantaba la cantidad de horas que he bailado histérico. La gente se volvía loca, pegaba patadas hacia arriba, tiraba los brazos al aire. Lo maravilloso era vernos a todos igual, ver a tu amigo Nacho llorando porque no sabía si iba a ser capaz de bailar la siguiente canción. Los famosos pitidos que sonaban en los temas te daban energía, como esos gritos que ponían de "vamos allá". Era como la guerra, la pista era una trinchera. Nos dábamos ánimos unos a otros para seguir.
No está de moda practicar sexo
La pista era sagrada. No se te ocurría liarte con nadie, se veía como una falta de respeto. Si querías ligar, te ibas fuera del club, al coche o a donde fuera. Lo normal era dejar el sexo para los días de entresemana. El rollo de pareja cortaba la fiesta, porque éramos todos un poco como hermanos. Ahora, cuando sales, tienes claro que eso es una película, que dura un tiempo limitado, que luego vuelves a casa. Allí, con diecinueve años, te creías la película de verdad, era muy normal acabar la noche con gente a la que no conocías, con todos tus amigos por otro lado. Luego, cuando ya casi ni te acordabas, te encontrabas con tus amigos desencajados en un coche que no conocías, con gente que no habías visto nunca. En la pista alguien decía "arriba" y tú le dabas la mano, le ayudabas, decías "vamos allá". Apenas había sexismo, ni peleas por mirar a la novia de otro. Las chicas no estaban para entrarlas, sino para mirarlas. Era maravilloso contemplarlas "puestas", felices, moviendo los abanicos. Por cierto: siempre he tenido la sensación de que se ponían más que los chicos. Bueno, es difícil de decir. Era todo muy comunitario. Te pisaba alguien y le dabas un abrazo. Los tíos, cuando no podían más, se cogían de la mano de dos en dos. El "pedo" te había superado, pero no podías quedarte atrás. En la calle, flipabas cuando veías un coche con todas las pegatinas de las discotecas a las que ibas. Te ponía de buen humor: "mira, otro fiestero". Si paseabas por Alicante con una camiseta de la Zentral lo más seguro es que alguien te parase, te diera la mano y te dijera: "nos vemos el finde". No existía el tema de "tú no comes pastillas para poder conducir". Nos daba igual que estuviese drogado y le agradecíamos mucho que hiciese el esfuerzo de llevarnos y arriesgarse a un accidente. Conducíamos a ochenta. Tardábamos cuatro horas hasta Valencia en vez de dos. Me acuerdo de Sergi que decía que se guiaba por la raya continua de la carretera. No sé cómo llegábamos…
Esto ya es muy evidente
La pastilla era objeto de veneración. En la Zentral, por ejemplo, tenían un láser que, poco a poco, dibujaba una pastilla que luego se movía por todo el local. De repente, al lado, dibujaban un chico, poco a poco también, hasta que llegaba un subidón de ritmo. Entonces el muñeco se ponía la pastilla encima de la boca y se la comía. Luego los ojos se les salían de las órbitas, como en Beetlejuice. Había un tintineo previo, la música pegaba un brinco y entonces todo el mundo de la discoteca se metía las "pasti" a la vez. Siempre había alguien para invitarte, siempre había alguien con coche dispuesto a llevarte a casa. No sé cómo los "camellos" de discoteca hacían negocio, porque dos de cada tres personas traían la droga de casa. Llegó un momento en que el bakalao era la primera opción de ocio para la juventud en Valencia. Entonces, Radio Nou, la radio pública, tuvo que hacer su programa de bakalao, patrocinar fiestas, con todo el mundo puesto y el logo de Canal Nou en una pared de la discoteca. Había un programa mítico, Bikini Club, que llevaba un señor mayor. Cuando aparecía por allí , todo el mundo le ofrecía dosificadores, pero él decía "no, no, que ya voy calentito". Había cosas muy evidentes, como un after que se llamaba Hook, en Torrevieja, cuyo parking daba al Aquapark. Hook abría de 7 de la mañana a 4 de la tarde. Allí coincidían, separados sólo por una alambrada, los bakalas totalmente "rotos" y familias normales subiendo las escaleras para tirarse por el tobogán. Los niños con sus flotadores se quedaban flipados oyendo el pum pum pum y mirando a la gente desfasada. En Almoradí, el pueblito de la Zentral, la gente sacaba a pasear al perro y veían los láser de la discoteca dando vueltas, chicas con minifalda, desencajadas, con las gafas de sol. En Alicante salió Onda 15, que emitía muchas veces desde los clubes. Todo el mundo sabía que los locutores iban drogadísimos. Eran míticas las retrasmisiones, con esos gritos y esos silencios que no venían a cuento. Entonces los padres comenzaron a mosquearse, los medios también y Canal + hizo el famoso reportaje, tipo "Mi cámara y yo", sobre la ruta bakala.
Controles y redadas
El tema de los controles llegó en el 95 o el 96. A un kilómetro de Almoradí te ponían un control de la Zentral. Ni siquiera te pedían el carné: tenían muy claro a por lo que iban. Te bajabas y te registraban el coche entero. No había nadie que fuese allí a tomar una copa. He visto a chicas que llevaban las pastis en un hueco del tacón alto. También en las bragas o en el sujetador. También se escondían en el capó, en el motor, en la chapita de la marca que está en el volante… Tampoco te paraban mucho rato, porque la gente llegaba desde Granada, Madrid, Murcia… se formaban colas tremendas y sabían que algún tonto iban a pillar seguro. Luego, en 1997, empezaron las redadas dentro de las discotecas. No mandaban policía sino a GEOs con uniforme azul y metralleta. Tú estabas en la Zentral dándolo todo y te decían "acaban de llegar furgones de la policía". Pasabas de tocar el cielo a estar tirado en el asfalto rodeado de tíos con uniforme. A los que iban muy pedo los metían al furgón.
El reverso tenebroso
Te he contado todo muy idílico porque yo me lo pasé muy bien en esa época. Ahora te voy a contar la parte negra. Estuve una vez en el Heaven cuando murió una persona y los porteros le pusieron una manta encima y lo dejaron ahí. Murió a las cinco de la tarde, no querían cerrar la discoteca y la gente siguió bailando. Muchos acabaron desquiciados. No podían hacer otra cosa. He conocido a muchas personas que perdieron la relación con sus padres para luego irse a vivir con el primero que se lo propusiera. De pronto te encontrabas a una chica que era de Valencia y estaba en Alicante con cien pastillas. Se las había robado a su novio y estaba por ahí de fiesta sola. Con ese cargamento se tiene para vender y vivir. Yo era de los mejor educados y también robé a mi padre. Cuanto más dinero, mejor era la fiesta. Mucha gente se quedó muy colgada con los tripis. Conozco a un chico que literalmente se ha quedado retrasado. Se comía dos o tres tripis cada finde. No teníamos referente de cuál era nuestro nivel de tolerancia. La gente se comía seis o siete pastillas por fin de semana. Pocos llegaban a la Universidad, todo el mundo se ponía a trabajar para pagarse las pastillas. Las drogas principalmente se manejaban en los pueblos. Los de la ciudad pasábamos de traficar, porque queríamos llegar a la Universidad. En los pueblos se barrieron todas las aspiraciones académicas y laborales. A mí me encerraron en un internado para que siguiera adelante y recuerdo estar levantado un viernes noche, escuchando las emisoras de la ruta. Se me cayó alguna lágrima.
Himnos y modelones
Me compré unos pantalones atados con cuerdas a los lados. Fueron un exitazo. Llevaba mi camisa de cuello alto, con un símbolo comanche, muchos anillos, todo muy ochentas. Había un par de tiendas míticas: Dinamita, Trocadero… Importantísimo tener tres o cuatro camisetas de las discotecas, además de muchas pegatinas que demostrasen dónde habías estado. Daban prestigio, te identificaban como un fiestero de la hostia. Volvemos a lo mismo: eran como los sellos del Camino de Santiago. Yo tenía un amigo que se llamaba Luz Divino, que era un bailarín excepcional. El tío iba con una camiseta de la Zentral, sin mangas y con muchas muñequeras, luego una pluma grande y las botas de metal. Y tampoco hemos hablado de los himnos. Aparte de Chimo Bayo, estaba ese que ponían en todas: "Cuatro ruedas tiene mi coche / cuatro pastillas me como esta noche / si un cuartito no coloca / un tirito y a la boca / qué ricas qué ricas / que están las pastillitas / a mí me gustan las pastillas / verdes, rojas y amarillas". A veces quitaban el volumen y nos pillaban a todos gritando la letra. Por la mañana ponían una canción superchula, el "Golden Dreams", que era premákina, con un rollo tecno pop. También estaba el "Terra Titanic". O esa que decía "We need freedom, we need freedom…"
Un versión distinta de este artículo fue publicada en la difunta revista Salir en 2004. Gracias a Manuel Moltó y Borja Bas.