Por:Fanfatale

Mañana empiezo el régimen. No es el primero, nunca lo es. Pero lo peor es saber que tampoco será el último. Tengo que montar una sesión inspiradora.
Lo primero es reunir a un club selecto de aspirantes a flacos y flacas. Todo el mundo deberá ir en bañador para aumentar la motivación negativa (esto es, "somos asquerosos") y comparar celulitis.
Solucionada la compañía hay que buscar las cintas. Para abrir boca recomiendo Parents (Bob Balaban, 1989), homenaje a las series B de los 50 en la que unos padres del "American suburbia" se alimentan de dudosa carne picada. Balaban ha dirigido episodios de Cuentos asombrosos y de El lado oscuro, además de ser ese actor bajito de Encuentros en la Tercera Fase y, más recientemente, de Gosford Park (el visitante americano). Esta sátira del terror que tanto amamos

proporciona un comienzo ligero pero encierra una gran lección: nunca sabes lo que comes (a no ser que comas sólo lechuga, añado).
Como plato fuerte serviremos un poco de catarsis: La grande bouffe (Marco Ferreri, 1973). Comer no sólo da asco, comer mata. Marcello (Mastroianni), Michel (Piccoli), Philippe (Noiret) y Ugo (Tognazzi) usan sus propios nombres para dar vida a cuatro señores de éxito que deciden atiborrarse hasta sus últimas consecuencias. Ferreri ilustra este atracón con ambiente claustrofóbico, un desfile insoportable de decadencia culinaria y unos actores exquisitos en pleno desfase.
Willy Wonka & the Chocolate Factory (Mel Stuart, 1971) pone el toque dulce.

 

Estragados como estaremos llegado este punto, la fábrica de los Oompa Loompas no provocará el mismo efecto que cuando la vimos de niños. No darán ganas de tirarse al río de sirope, pero será imposible no disfrutar de este clásico tanto como entonces.
Me da pereza sólo de pensar en el menú: ensaladita, crudités, tortas de arroz integral (o en su defecto polietureno) y, para beber, agüita o diurético para los más brutos. No, la cocacola light no vale.

No del todo una curiosidad, ya que saltó a la escena internacional en los festivales de Toronto y Cannes e incluso fue barajada para los Oscar, Bandit Queen (Shekhar Kapur, 1994) es una de esas películas que debería haber visto más gente.
La reina de los bandidos narra la historia de Phoolan Devi. Asesinada a tiros en julio del año pasado, Devi se rebeló contra su destino como parte de una de las castas más bajas de la India. Tras una infancia de vejaciones, lideró una violenta banda que sembró el terror en el norte del país entre 1981 y 1983, con 50 asesinatos y cientos de robos a sus espaldas. Devi se entregó a la justicia en una ceremonia multitudinaria y pasó once años en la cárcel. Dos años después de ser puesta en libertad por el Tribunal Supremo, ocupó un escaño en la Cámara Baja para representar desde allí a los desheredados.

La película de Kapur comienza cuando la niña de 11 años es vendida a su marido. Lo que sigue, es una retahíla de violaciones, tortura y venganza filmada con mano bruta y apabullante energía. Devi adolescente, violada por 22 hombres y torturada, desnuda en la plaza de una aldea. Devi regresando a la aldea con su banda para asesinar a sus violadores. Devi propinando una brutal paliza con la culata del fúsil a su marido.
La Phoolan Devi de carne y hueso odió tanto la película, prohibida en la India, que llevó al director a los tribunales. Las exageraciones y omisiones de esta cinta, subtitulada La verdadera historia de Phoolan Devi, la empujaron a contar sus recuerdos a la editorial francesa

Robert Laffont-Fixot, que publicó su biografía en 1995 con el título Mi vida. Aunque la película fue muy aclamada, parte de la crítica opina que es un retrato repugnante y simplista que busca el golpe de efecto y reduce el personaje a una vengadora víctima sexual.
Kapur, que luego dirigió a Cate Blanchett en Elizabeth (1998), esculpe la destacable actuación de Seema Biswas con toques de histrionismo que recuerdan a Bollywood. Pero Bandit Queen está en las antípodas del universo colorista e indescriptiblemente extraño del cine masala, un cine que, según Salman Rushdie, hace que la mismísima El Mago de Oz parezca "realismo de pila de cocina".




                               Texto: Daniel Cué

Una mujer que sepa volar y que le haga volar con ella. Es ésta la metáfora del amor que Eliseo Subiela nos presentó en El lado oscuro del corazón (Argentina, 1992). Su protagonista, el poeta Oliverio (Darío Grandinetti), hombre perseguido por La Muerte (Nacha Guevara), nos cuenta que soporta cualquier defecto en una mujer excepto que sea incapaz de volar. Ana (Sandra Ballesteros), prostituta de Montevideo, le mostrará que su búsqueda no habrá sido infructuosa, mas no como él espera.

En El lado oscuro del corazón II han pasado diez años y Oliverio, además de perder pelo, siente ya el irrefrenable paso del tiempo. Decidido a rescatar el viejo amor que lo hizo volar viaja a España, donde descubrirá que los amantes cambian y el amor se marchita. En versos de un Neruda adolescente: "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos". Cuando todo parece abocado al fracaso conocerá a Alejandra (Ariadna Gil), su réplica femenina al otro lado del Atlántico, con quien emprenderá una lucha final contra el fracaso. En palabras de Subiela: "¡Por la vida, carajo!".

Hace diez años Eliseo Subiela se convirtió en abanderado del nuevo cine argentino. Este último trabajo demuestra la solidez de su oficio; un estilo visual propio, con mucho de poético, al servicio de preocupaciones honestas que nos tocan de cerca. Aderezado con versos de doce poetas universales, la entrega de Subiela puede jactarse de ser una obra insustituible, dueña de su propio espacio en el firmamento cinematográfico. Es obligado resaltar la fotografía de Teo Delgado, así como la interpretación de Darío Grandinetti, al igual que hace diez años, insuperable. La película, Colón de Plata a la mejor dirección en el Festival de Huelva, y que estará en cartelera a partir del 5 de julio, es imprescindible.

Daniel Balint (Ryan Gosling) –brillante joven neoyorquino, antisemita, dotado de gran capacidad dialéctica y experto en judaísmo– es un militante neonazi atípico: es judío. The Believer es una película inspirada en una historia real con la que Henry Bean profundiza en las dobleces de un alma atormentada que vive consecuentemente sus propias contradicciones. En efecto, Balint odia al pueblo judío razonadamente y, de este modo, tiene que terminar por afrontar la necesidad de odiar lo que de judío hay en sí mismo, la auténtica raíz de una identidad agazapada.

Henry Bean es un artista polifacético –escritor, guionista y, ahora, director– que ha dedicado cerca de veinte años a gestar esta película. Así lo expresaba en una entrevista con su amigo Larry Gross: "Esa idea, la de poder ser, aunque sea algo imposible y catastrófico, dos cosas a la vez, una cosa y su opuesto, una contradicción andante,

fue un momento mágico en mi vida. Había encontrado la raíz de una idea profunda, visceral, un pensamiento que no había sido capaz de expresar hasta entonces".

En The Believer se utiliza una amplia gama de matices para tratar ideas poderosas –el odio hacia uno mismo como fuente de angustia o como camino de liberación y la ambivalencia latente en el alma del ser humano– sin correcciones políticas ni tampoco maniqueísmo. La película no tiene nada de panfletario y cualquier interpretación incendiaria sin duda partirá de prejuicios encubiertos o, peor aún, se limitará a simplificar la realidad hasta hacer de ella una caricatura.

Las ideas de Bean se ven completadas con las buenas interpretaciones de un reparto sin estrellas, una dirección elegante y un solidísimo guión que hacen de The Believer una apuesta segura en la cartelera.