Martes, doce de la noche, comienza un nuevo día y no tengo ganas de dormir. Me apetece ver las estrellas... ¡y pintarlas! Estoy hablando de cruzar a pie las calles y marcar mi territorio, mi barrio, Carabanchel.

Si fuese domingo habría llamado a la peña para pintar el muro ese entre cuatro o cinco. Nos gusta hacer graffitis conjuntos a plena luz del día, hacia la tarde, donde no nos molesten, en un lugar escondido por vallas o rejas que hay que cortar. No hay mucho peligro de intrusos aunque nunca se sabe. Un buen plan para una tarde de domingo.

Abro el armario de los botes y escojo tres, un plata, un negro y un blanco. Del cajón saco un par de boquillas gordas, fat cup, para firmas grandes. Estoy listo; mochila y a callejear.

 
   

Hace buena noche, camino un buen rato. Doblo la esquina y veo que la pieza que hice hace dos semanas ya no está. Bueno, siempre queda una foto y la suerte, a veces, de encontrarte limpia la misma valla publicitaria.

Aprovecho que está para mí solo, no hay gente a la vista por el momento. Saco el bote de color plata, le pongo una boquilla gorda y empiezo con el relleno. Dejo el plata y empiezo a bordear con el negro. Utilizo el blanco para darle una línea por fuera y así resaltar más la pieza, el powerline. Una señora que me ha visto está flipando. Ya está, una firma y puerta, no me gusta mucho esta calle, es muy abierta. He escrito mi nombre con letras gordas y redondas, como si fueran pompas. Cinco minutos, recojo y me voy.

Fotos: Paloma Rincón
Texto: Isra y David