Hay muy pocos niños en las calles de Bagdad. ¿Dónde están?
Hay que buscarlos, por ejemplo, junto a los hombres, al lado de sus padres, atareados a esas horas en sus inquietas apreturas. Muchos niños irakíes, en efecto, juegan muy seriamente a ese juego que los mayores luego proseguimos en una penosa y, a menudo, ignominiosa imitación: el trabajo. En los tristes restaurantes de la calle Abu Nuwas algunos niños llevan la sopa y los encurtidos al comensal solitario o aventan las brasas de la parrilla encendida; hay niños en los cafés recogiendo las cáscaras del té de encima de las mesas; y en el mercado de Al-Kadhimain se ve pasar a niños que tiran, como de un camión de juguete, de esos estanques con ruedas en los que, sobre un fondo de agua, boquean las famosas carpas del Tigris (vendidas a precio de ámbar: 2.000 dinares el kilo, la mitad del sueldo de un profesor universitario). Hay niños también en el campo, en los talleres, en las tiendas. Durante la última década y a causa del embargo, un millón de niños de entre doce y quince años, en su mayoría varones, ha tenido que abandonar la escuela para redondear con sus dos manos la economía familiar. Pero no hay aquí, como en Indonesia o Egipto -por citar sólo dos casos-, ni explotación a gran escala (niñitos dejándose los ojos en los nudos de una alfombra o fabricando zapatillas de lujo a ritmo de galera) ni tampoco mendicidad: por contraste con nuestros propios niños, tan obscenamente pedigüeños, los niños irakíes saben esperar y saben también dar las gracias, están lo bastante bien educados como para saber que, por muy duras que sean las circunstancias, no se debe pedir mientras se tenga al menos un pedazo de pan que llevarse a la boca (y que si se pide otra cosa más importante -una pelota o una pistola de plástico- hay que hacerlo sin tirar de la manga, con picardía, con dignidad y con gracia).
Pero hay niños, naturalmente, en las escuelas. Bombardeadas o dañadas en 1991 (hasta 3.800), muchas de ellas todavía hoy con los cristales rotos, desprovistas de lápices, de libros, de canchas de juego, con los bancos pelados y los maestros en ayunas, en ellas se sorprende a los niños como corresponde a su estirpe, enredados, incontables, en manadas, reunidos por fin, aunque sólo sea por la triste obligación de aprender la tabla de multiplicar. Decir "niño" es como decir "trigo": el "género" de una sustancia múltiple que parece multiplicarse ante nuestros ojos.

Se puede decir un "niño" como se puede decir un "grano", metáfora banal para expresar hasta qué punto una cosa pequeña puede ser valiosa. Pero así como el trigo nos lo representamos chorreando de un saco -un tesoro de granos o una estampida de espigas-, a los niños nos los representamos siempre en racimos o a puñados, como los dátiles y como las canicas, una muchedumbre de vidas sueltas y duras naturalmente inclinadas a amontonarse o, como decía el poeta Caeiro de un rebaño, "mucha cosa feliz al mismo tiempo desparramada por toda la ladera". Hace falta aislar a los niños, contemplarlos uno a uno, para que la infancia nos parezca frágil, sospechosa o trágica. En la escuela primaria A-Nazaha, en el barrio de Zahra de Basora, los cuarenta niños de 3º a cargo de la maestra Sindis parecen intimidados por la presencia de los extranjeros: se levantan, saludan con escansión aprendida, fila tras fila (‘alaikum a-salam wa rahmat-allah wa barakatu), sobre todo niñas, escurridas y vivas, unas con velo y otras sin él, y dan las gracias por los lápices con circunspecta timidez. Pero es -claro- una comedia: el ancestral y fingido homenaje a la autoridad de los mayores. A la mirada le basta saltar al azar entre las caras para sorprender en ellas una sombra ya de coquetería bajo los ojos, un asomo de burla en los labios, como un mensaje clandestino de su verdadera, bulliciosa naturaleza, y sobre todo una gran ansiedad -apenas un temblor bajo este disciplinado apocamiento- por expresar y prolongar la inconmensurable alegría de que hayamos venido a interrumpir la clase de geografía. Y así se explica la desproporción entre el gesto imperceptible de la maestra y las consecuencias que provoca: con un dedo, después de todo, se puede dinamitar una casa e iluminar una catedral. El mismo gesto, en todas las aulas, produce el mismo efecto al mismo tiempo; una especie de explosión, una onda expansiva que lo derriba todo, y de pronto el patio rectangular, bajo el cielo plomizo, bulle de felicidad al aire libre. Cientos de niñas entre seis y diez años se atropellan, saltan, levantan la tijera de la victoria en la punta de los dedos, gritan salvajemente alrededor de un gran cromo. ¿Qué gritan? ¿Qué representa este cromo? También podemos fijarnos en eso. Repiten una y otra vez, con la energía de un torrente, con la alegría de un potro liberado de sus cinchas -con una pasión silvestre y hermosa- una consigna rimada en la que ofrecen su sangre y su alma a Sadam Hussein (bi-ruh bi-dam nadik ya sadam). El cromo, por supuesto, representa al Qaid (al Caudillo). Pero si nos fijamos en eso, que sea a condición de fijarnos bien. ¿Nos escandalizaremos nosotros de la explotación que se hace de la felicidad de los niños? El hombre de Bollicao o de Tulipán, descendiendo de su helicóptero en un colegio de Madrid, o el patrocinador de Danone que reparte cromos de Pokemon en un jardín de infancia de Roma, produce la misma revolución; y a todos nos conmueve que nuestros niños griten el eslogan y exhiban las calcomanías de una multinacional rapaz y trapacera. Como nos conmueven los niños americanos que, después del 11 de septiembre, agitan sus banderitas, cantan el himno nacional y ruegan a Dios antes de clase que conceda salud al presidente. La alegría es la misma y nada tiene que ver con su excipiente; es tan pura que puede destripar ranas sin llegar jamás a degradarse. Con una diferencia: la que hay -objetiva- entre comer bollicaos y margarina y recibir bombas y respirar uranio empobrecido.

Me conmovió mucho -lo confieso-, me puso muy contento ver a estos niños, felices de saltarse la geografía, gritando consignas sacrificiales en el patio de la escuela de An-Nazaha. Los niños tienen básicamente dos derechos inalienables: repetir y juntarse para hacer ruido (preferiblemente al aire libre). Repetir lo que sea, el mismo cuento, el mismo postre, el mismo gesto. Y gritar también lo que sea, en tropel y bajo el sol, incluso una estupidez o un sinsentido. Por eso los niños se prestan tan bien a los trabajos más duros y responden tan fácilmente a la propaganda. Pero nada de esto es demasiado terrible. Lo verdaderamente terrible en las escuelas irakíes no es ni la geografía ni la exaltación del Caudillo; lo verdaderamente terrible es esa fuerza invisible y calculada, activada desde un remoto edificio de Nueva York mediante un mando a distancia, que todas las semanas atraviesa las aulas y deja un banco vacío entre dos niños tal vez ya mordidos por el cáncer. Allí se sentaba Samir y allí Salua. Ahora hay que ir a buscarlos a otra parte.

Mucho más triste que el hecho de que la enfermedad mate es el hecho de que la enfermedad separe. "Niño", lo hemos dicho, no se puede declinar en singular; no se puede aprehender por unidades, salvo antes de perderlas. Por eso no podemos prescindir de la escuela por mucho que acudamos a ella a rastras y a regañadientes, todos los niños del mundo lo saben: es mejor ser reprimido en grupo que mimado a solas. Eso es precisamente lo que tiene de angustioso y obsceno un niño mimado: que todas sus ventajas proceden de su aislamiento; que -en definitiva- está solo. En este sentido, lo contrario de una escuela es justamente un hospital. A los niños irakíes, por desgracia, hay que buscarlos también en los hospitales, donde la mirada los asiste y compadece -y la muerte los prende- uno por uno. Los bombardeos y el embargo se cobran cotidianamente, desde hace once años, una monótona cosecha de injurioso dolor: trescientos niños menores de cinco años mueren todos los días como consecuencia de enfermedades que podrían curarse; el número de malformaciones ha aumentado un 150%; el de cánceres virulentos en edades tempranas en un 450%. La malnutrición, el tifus, la difteria, incluso el cólera -males desconocidos en Irak hace una década- tronchan estas espigas que en Francia o en España se balancearían erguidas bajo el sol. La falta de los medios más elementales, cuya entrada en el país está vetada por la criminal colusión anglo-americana, convierte a los médicos en heroicos y angustiados impostores y los hospitales en cantones de desahuciados y dispensarios de buenas intenciones.

Salvo entre enamorados, la mirada siempre establece un régimen de desigualdad que debería ser equilibrado por algún castigo. Se mira siempre desde lejos y desde arriba, impunemente, y así se cree uno a cubierto de todo contagio y de toda responsabilidad penal. Cámara o pistola -que técnica, gesto y lenguaje tanto emparentan-, la víctima lo es sobre todo de la distancia infinita entre las dos fuerzas así enfrentadas: la víctima se deja apalear, desnudar, manipular, pero se deja también mirar.

Una de las peculiaridades sin duda de nuestro tiempo es ésta en virtud de la cual los mismos que protestamos contra todas las otras desigualdades aceptamos como natural la desigualdad de la mirada, que la tecnología al mismo tiempo ha globalizado y normalizado. Unos matan y otros son matados; unos miran y otros son mirados. El que ve la televisión, ¿nunca será castigado? ¿Nunca nos moriremos de mirar lo que no debería haber pasado? Los viejos mitos y los viejos cuentos, que castigan a los "mirones" no menos que a los "matones", nos recuerdan una visión más antigua y más cuidadosamente humana: el "curioso" que descorre el cerrojo, enciende la luz o entreabre la cortina arriesga su propia alma o su propia vida: Acteón, la mujer de Lot, Psiqué, Melusina, la esposa de Barba Azul. Y lo hace asumiendo la posibilidad de ese contagio visual que la antropología llama también "magia simpática": "Me has mirado como a un animal y te convertirás en animal; me has mirado como a una cosa y te convertirás en cosa"... Los niños enfermos de leucemia del Hospital Central de Bagdad y del Hospital Pediátrico de Basora, víctimas del control remoto imperialista, se dejan mirar. Son cosas. Cositas bien extrañas. Porque menos que perturbarnos que nuestra mirada los cosifique, lo que nos horroriza es que estas cosas nos miren. Cuando el cuerpo, en efecto, ha sido rebañado hasta los huesos, cuando las fuerzas escurridas no son capaces de sostener ya la cabeza ni de abrir los labios, en medio de las ruinas, los ojos se mantienen todavía encendidos. Son ellos los que piden agua, una caricia, una explicación; y si miran asustados (tanto que da miedo) no es porque sepan que las estadísticas declaran que no hay para su mal posible curación; lo que les asusta -como algo para ellos más terrible que la muerte, como si fuéramos a reírnos de sus orejas o a mentar el nombre de su madre- lo que les asusta es que todos esos extraños que han entrado atropelladamente en su habitación les están mirando
He mirado a Hamid, 6 años, con la cara podrida de tumores y al que el roce más liviano arranca un gemido de dolor (¡ay cuando ya ni siquiera se soporta el peso de una mano!). He mirado a Nur, tímidamente atada a su suero como una cabrita a una estaca. He mirado a Hoda, de dos años, que lleva la mitad de su vida en el hospital. De otra que también he mirado me gustaría decir el nombre, pero no puedo. Es una niña rubia, flaquita, guapísima, que aún tiene la inútil coquetería de lucir una coleta en la cabeza y la esperanza de sobrevivir a su muñeca; y a cuyo rostro un diente mal crecido confiere una gracia inmortal que ninguna enfermedad puede amenazar. Le pregunto el nombre y ella esconde la cara y sonríe -o casi- con invencible pudor. Quiero saber su nombre para dejarlo encerrado en estas páginas, como un sobre vacío o una cáscara de nuez, porque desde hace tiempo vengo creyendo en la superstición de los nombres y en su dureza de diamante; y porque, como el Crátilo de Platón, me parece mientras la miro que una niña así sólo puede llamarse Zainab o Amal. Insisto, pues, y la niña entra de nuevo en su sonrisa, como en un caparazón. La madre, a su lado, una mujer grande y digna que se ha hinchado de orgullo oyendo mis piropos, le pide con cariño que conteste. No hay nada que hacer. Le pregunto por su muñeca y por sus hermanos, le hablo de España y luego vuelvo a la carga. ¿Shu ismik? Pero Zainab o Amal, o como quiera que se llame, sonríe y no dice nada. Más que su obstinación, fruto de una timidez dulcísima que, asalto tras asalto, acaba por convertirse en una decisión, me sorprende la de su madre: una, dos, tres veces le pido que sea ella quien me desvele el secreto y una, dos, tres veces, se inclina ella para presionar con zalamas a su hija. Cuando el forcejeo amenaza con volverse cruel, desisto: de pronto intuyo que la resistencia de la madre obedece a una superstición de signo inverso e idéntico a la mía, una superstición que puede rastrearse en todos los pueblos de la tierra y en la que todos por igual, pobres y ricos, buenos y malos, buscamos inútilmente protección: decir el nombre de su hija, estando ella presente, enferma pero todavía viva, sería tratarla ya como si estuviese muerta. Nombrar, sí, un sobre vacío o una cáscara de nuez
Y he mirado también a Ali, a Ali Hamid, comido por las metástasis en una cama de Basora, al que quizás en estos momentos ya nadie puede mirar. La madre, que comprende al vuelo el régimen de desigualdad de la mirada, se apresura a sacar conclusiones desproporcionadas (o proporcionadas tan sólo a su amor y su esperanza). Si podemos mirar, ¿podemos quizás también...? Sin una lágrima ni una trampa, soportando su protagonismo como una carga tal vez provechosa, nos pide serenamente en árabe que nos llevemos a su hijo a Madrid, donde no falta de nada, y se lo devolvamos curado. El médico la deja hablar y luego pasa al inglés para mostrarse rotundo: nos pide por favor que no alimentemos falsas ilusiones; Ali Hamid -cuyos ojos nos miran muy fijos, muy brillantes, desde el fondo de una caverna en la que nadie puede entrar- está desahuciado, el cáncer ha ocupado todos los rincones de su cuerpo, está viviendo quizás sus últimas semanas. La superioridad de la mirada recibe al menos este escarmiento: es castigada a seguir mirando lo que no puede cambiar.
Los niños de los hospitales infantiles de Bagdad y Basora se dejan mirar y confieso que los he mirado; y -como sigo creyendo en los viejos mitos y leyendas- aún no estoy seguro de que no me haya pasado, de que no me vaya a pasar nada. Los he mirado y no puedo hacer otra cosa que decir que los he mirado; y quiero que se sepa que si me pasa algo, si me quedo ciego, si se me paralizan las piernas o me convierto de pronto en un extraño -un ciervo, como Acteón, o un anciano huraño- será por haberlos mirado.