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Una de las peculiaridades
sin duda de nuestro tiempo es ésta en virtud de la cual los
mismos que protestamos contra todas las otras desigualdades aceptamos
como natural la desigualdad de la mirada, que la tecnología
al mismo tiempo ha globalizado y normalizado. Unos matan y otros
son matados; unos miran y otros son mirados. El que ve la televisión,
¿nunca será castigado? ¿Nunca nos moriremos de mirar lo que
no debería haber pasado? Los viejos mitos y los viejos cuentos,
que castigan a los "mirones" no menos que a los "matones",
nos recuerdan una visión más antigua y más
cuidadosamente humana: el "curioso" que descorre el cerrojo,
enciende la luz o entreabre la cortina arriesga su propia alma o
su propia vida: Acteón, la mujer de Lot, Psiqué, Melusina,
la esposa de Barba Azul. Y lo hace asumiendo la posibilidad de ese
contagio visual que la antropología llama también
"magia simpática": "Me has mirado como a un
animal y te convertirás en animal; me has mirado como a una
cosa y te convertirás en cosa"... Los niños enfermos
de leucemia del Hospital Central de Bagdad y del Hospital Pediátrico
de Basora, víctimas del control remoto imperialista, se dejan
mirar. Son cosas. Cositas bien extrañas. Porque menos que
perturbarnos que nuestra mirada los cosifique, lo que nos horroriza
es que estas cosas nos miren. Cuando el cuerpo, en efecto, ha sido
rebañado hasta los huesos, cuando las fuerzas escurridas
no son capaces de sostener ya la cabeza ni de abrir los labios,
en medio de las ruinas, los ojos se mantienen todavía encendidos.
Son ellos los que piden agua, una caricia, una explicación;
y si miran asustados (tanto que da miedo) no es porque sepan que
las estadísticas declaran que no hay para su mal posible
curación; lo que les asusta -como algo para ellos más
terrible que la muerte, como si fuéramos a reírnos
de sus orejas o a mentar el nombre de su madre- lo que les asusta
es que todos esos extraños que han entrado atropelladamente
en su habitación les están mirando
He mirado
a Hamid, 6 años, con la cara podrida de tumores y al que
el roce más liviano arranca un gemido de dolor (¡ay cuando
ya ni siquiera se soporta el peso de una mano!). He mirado a Nur,
tímidamente atada a su suero como una cabrita a una estaca.
He mirado a Hoda, de dos años, que lleva la mitad de su vida
en el hospital. De otra que también he mirado me gustaría
decir el nombre, pero no puedo. Es una niña rubia, flaquita,
guapísima, que aún tiene la inútil coquetería
de lucir una coleta en la cabeza y la esperanza de sobrevivir a
su muñeca; y a cuyo rostro un diente mal crecido confiere
una gracia inmortal que ninguna enfermedad puede amenazar. Le pregunto
el nombre y ella esconde la cara y sonríe -o casi- con invencible
pudor. Quiero saber su nombre para dejarlo encerrado en estas páginas,
como un sobre vacío o una cáscara de nuez, porque
desde hace tiempo vengo creyendo en la superstición de los
nombres y en su dureza de diamante; y porque, como el Crátilo
de Platón, me parece mientras la miro que una niña
así sólo puede llamarse Zainab o Amal. Insisto, pues,
y la niña entra de nuevo en su sonrisa, como en un caparazón.
La madre, a su lado, una mujer grande y digna que se ha hinchado
de orgullo oyendo mis piropos, le pide con cariño que conteste.
No hay nada que hacer. Le pregunto por su muñeca y por sus
hermanos, le hablo de España y luego vuelvo a la carga. ¿Shu
ismik? Pero Zainab o Amal, o como quiera que se llame, sonríe
y no dice nada. Más que su obstinación, fruto de una
timidez dulcísima que, asalto tras asalto, acaba por convertirse
en una decisión, me sorprende la de su madre: una, dos, tres
veces le pido que sea ella quien me desvele el secreto y una, dos,
tres veces, se inclina ella para presionar con zalamas a su hija.
Cuando el forcejeo amenaza con volverse cruel, desisto: de pronto
intuyo que la resistencia de la madre obedece a una superstición
de signo inverso e idéntico a la mía, una superstición
que puede rastrearse en todos los pueblos de la tierra y en la que
todos por igual, pobres y ricos, buenos y malos, buscamos inútilmente
protección: decir el nombre de su hija, estando ella presente,
enferma pero todavía viva, sería tratarla ya como
si estuviese muerta. Nombrar, sí, un sobre vacío o
una cáscara de nuez
Y he mirado
también a Ali, a Ali Hamid, comido por las metástasis
en una cama de Basora, al que quizás en estos momentos ya
nadie puede mirar. La madre, que comprende al vuelo el régimen
de desigualdad de la mirada, se apresura a sacar conclusiones desproporcionadas
(o proporcionadas tan sólo a su amor y su esperanza). Si
podemos mirar, ¿podemos quizás también...? Sin una
lágrima ni una trampa, soportando su protagonismo como una
carga tal vez provechosa, nos pide serenamente en árabe que
nos llevemos a su hijo a Madrid, donde no falta de nada, y se lo
devolvamos curado. El médico la deja hablar y luego pasa
al inglés para mostrarse rotundo: nos pide por favor que
no alimentemos falsas ilusiones; Ali Hamid -cuyos ojos nos miran
muy fijos, muy brillantes, desde el fondo de una caverna en la que
nadie puede entrar- está desahuciado, el cáncer ha
ocupado todos los rincones de su cuerpo, está viviendo quizás
sus últimas semanas. La superioridad de la mirada recibe
al menos este escarmiento: es castigada a seguir mirando lo que
no puede cambiar.
Los niños
de los hospitales infantiles de Bagdad y Basora se dejan mirar y
confieso que los he mirado; y -como sigo creyendo en los viejos
mitos y leyendas- aún no estoy seguro de que no me haya pasado,
de que no me vaya a pasar nada. Los he mirado y no puedo hacer otra
cosa que decir que los he mirado; y quiero que se sepa que si me
pasa algo, si me quedo ciego, si se me paralizan las piernas o me
convierto de pronto en un extraño -un ciervo, como Acteón,
o un anciano huraño- será por haberlos mirado.
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