Texto: Paz Vaello
Tras Historia de una maestra, Mujeres de negro y La fuerza del destino –la "Trilogía de la memoria"– ahora publicas El enigma, una historia de amor en la que hablas sobre una difícil relación entre un hombre y una mujer del mismo nivel intelectual. ¿Por qué esta historia y por qué ahora?

Un escritor no escribe siempre sobre lo mismo. Antes de la trilogía –en la que doy testimonio histórico, social y político de la época que me ha tocado vivir– ya había escrito tres novelas de encuentros y desencuentros: La enredadera, Porque éramos jóvenes y El vergel. Con El enigma he vuelto a un viejo tema que tenía aparcado y a una etapa que no tiene que ver directamente con la guerra...
En cualquier caso el personaje principal siempre es una mujer.
Teresa, la protagonista de El enigma, da un perfil de mujer de hoy: independiente, libre y madura. En la novela me pregunto por qué un hombre brillante intelectualmente y con éxito profesional carga para toda la vida con una mujer que no tiene nada que ver con él, que incluso desprecia su trabajo y sólo está a su lado por su estatus económico y social. Es algo que he visto muchas veces a lo largo de mi larga vida y contra lo que me he rebelado desde muy joven.
En El enigma Teresa habla de la educación como algo casi físico, que penetra hasta lo más profundo de la persona.
Yo más bien diría que la educación se incorpora a toda tu personalidad. No quiero decir que sea algo inamovible pero es verdad que la educación forma parte o impregna todo lo que hacemos y decimos; hasta tal punto que, aunque con la cabeza hayamos llegado a otras conclusiones, a veces nos encontramos a nosotros mismos teniendo una reacción que viene de la infancia. Porque la infancia es la etapa más importante de la vida humana.

Como escritora y como directora del Colegio Estilo, Josefina Aldecoa es parte de la memoria viva de la mejor y más comprometida literatura española. Su última novela, El enigma (Alfaguara, 2002), va camino de convertirse en la revelación del año mal que le pese a algunos empeñados en ningunear a su autora.

¿Cómo afrontáis en el colegio que diriges desafíos de actualidad como el de la inmigración?

El niño desde que nace está recibiendo una influencia que, en primer lugar, depende de la familia. El primer mensaje que hay que transmitir es la solidaridad con los demás, la ayuda mutua, el respeto a cualquier raza, condición o clase económica. Eso que todos dicen y que pocos hacen. Como educadores nos corresponde tratar de hacer que los niños se sientan muy solidarios con los demás, que no acepten injusticias. Que no se dejen machacar, por supuesto, pero que ellos no sean avasalladores, déspotas...

¿Crees que la escuela pública no cumple esa función?

Desde luego, si hubiera habido una enseñanza estatal como a mí me gustaba, siendo hija y nieta de maestras de la pública, yo hubiera mandado a mi hija a un colegio público. Pero no la había. En pleno franquismo el público era como el religioso. Luego está esa otra figura que son los concertados, es decir, que todos pagamos con nuestros impuestos que a los padres que quieren otra educación para sus hijos les salga por la cuarta parte que a los que vienen aquí. Pero yo no querría que mi colegio fuera concertado, es inmoral. Es decir, no creo que haya que subvencionar a una empresa privada. Estoy absolutamente en contra. Este es un estado laico, aquí puede haber cuarenta religiones, las que se quiera, pero cada una de ellas que se subvencione sus propios centros. Todo el dinero debe ir a la pública, para que sea mejor, para que haya más aulas, para que haya profesores de apoyo para quienes lo necesiten, como en el caso de los inmigrantes. No quiero criticar a los padres, es un problema de los gobiernos. Ojalá yo pudiera cerrar este colegio porque la pública es maravillosa.

Por lo que cuentas en tus libros, ese era el espíritu de la educación en la República.


Sólo puedo hablar de educación y literatura, no me resulta fácil hablar de política. Lo que sí te puedo decir es que, aunque estuve muy de acuerdo desde el principio en que la transición fuese un proceso pacífico, sin odio ni revanchas, yo no quería que desapareciera la memoria. Para mí el fallo de la transición fue que hubiera que partir del olvido. Cuando publiqué Historia de una maestra, en 1990, me di cuenta de que mucha gente joven no sabía lo que había pasado en la guerra. La transición fue maravillosa en muchos sentidos, por ejemplo, se legalizó el Partido Comunista, pero es necesario analizar las causas del fracaso de la República, conocer qué pasó después, qué significó la dictadura. Ojalá tras la dictadura se hubiera arrancado de los supuestos de la República, la educación fue una maravilla los cinco años que duró.

Para una mujer como tú, comprometida casi genéticamente, ¿cuáles son las nuevas luchas para los nuevos rebeldes?


Yo nunca he sido activista porque no me gusta la política como profesión. Pero lo que me ha tocado vivir me ha marcado: tenía seis años cuando la República, ocho cuando la Revolución de Octubre y diez en la Guerra y mi postura es clara. Hoy en día, como ciudadana, creo que el gran problema al que nos enfrentamos es que una buena parte del mundo está sobrealimentada y otra enorme parte tiene hambre. La primera injusticia es la división del mundo en dos bloques, el bloque de los infradotados en todo y el bloque de los poderosos. A partir de ahí, todo lo que se haga, si no se hace para cambiar eso, a mí no me interesa. Que lo hagan como ellos quieran, pero que hagan lo que no están haciendo. Todo lo demás me sobra.

Texto: Lolo Rico
Aún no conocía a Josefina Aldecoa cuando –hará unos cuatro años– TVE aprobó mi proyecto de realizar documentales sobre personajes literarios, naturalmente de ficción. Entre ellos estaba la protagonista de Historia de una maestra, un buen libro que permitía recrear en imágenes la España de 1923 a 1935 y también un homenaje tanto a los maestros como a los mineros. Llamé a la autora que, desde el primer momento, me envolvió en la grata onda de su cordialidad. La visité y nos pusimos de acuerdo para colaborar. Josefina insistió en que yo no la necesitaba ni para hacer el guión ni para realizarlo. No era cierto. Para mí fue importante contar con su criterio. Ella fue en todo momento inteligente, delicada y –algo inesperado y difícil de encontrar– modesta. Fue un interesante aprendizaje y un verdadero placer trabajar con ella. Respeté casi al pie de la letra el texto de Josefina, sus palabras: lo merecían. Ella, a su vez, trató con infinita tolerancia mi puesta en escena. Creo que ambas nos quedamos contentas, no solo con el producto logrado sino con nuestra recién estrenada amistad. No sé si a Televisión el documental le satisfizo tanto. "Es muy de izquierdas" me comentaron sin acritud, tampoco con buena cara. Finalmente se emitió el programa de madrugada, en La noche temática. Tuvimos suerte porque el documental sobre Manuel, el preso de La oscura historia de mi prima Montse de Juan Marsé, todavía no ha pasado por pantalla, tampoco los poemas de Bernardo Atxaga. No importa. Gracias a tan fallido proyecto, soy amiga de Josefina Aldecoa. Ha valido la pena.