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¿Cómo
afrontáis en el colegio que diriges desafíos de actualidad
como el de la inmigración?
El niño
desde que nace está recibiendo una influencia que, en primer
lugar, depende de la familia. El primer mensaje que hay que transmitir
es la solidaridad con los demás, la ayuda mutua, el respeto
a cualquier raza, condición o clase económica. Eso
que todos dicen y que pocos hacen. Como educadores nos corresponde
tratar de hacer que los niños se sientan muy solidarios con
los demás, que no acepten injusticias. Que no se dejen machacar,
por supuesto, pero que ellos no sean avasalladores, déspotas...
¿Crees que la escuela pública no cumple esa función?
Desde luego, si hubiera habido una enseñanza estatal como
a mí me gustaba, siendo hija y nieta de maestras de la pública,
yo hubiera mandado a mi hija a un colegio público. Pero no
la había. En pleno franquismo el público era como
el religioso. Luego está esa otra figura que son los concertados,
es decir, que todos pagamos con nuestros impuestos que a los padres
que quieren otra educación para sus hijos les salga por la
cuarta parte que a los que vienen aquí. Pero yo no querría
que mi colegio fuera concertado, es inmoral. Es decir, no creo que
haya que subvencionar a una empresa privada. Estoy absolutamente
en contra. Este es un estado laico, aquí puede haber cuarenta
religiones, las que se quiera, pero cada una de ellas que se subvencione
sus propios centros. Todo el dinero debe ir a la pública,
para que sea mejor, para que haya más aulas, para que haya
profesores de apoyo para quienes lo necesiten, como en el caso de
los inmigrantes. No quiero criticar a los padres, es un problema
de los gobiernos. Ojalá yo pudiera cerrar este colegio porque
la pública es maravillosa.
Por lo que cuentas en tus libros, ese era el espíritu de
la educación en la República.
Sólo puedo
hablar de educación y literatura, no me resulta fácil
hablar de política. Lo que sí te puedo decir es que,
aunque estuve muy de acuerdo desde el principio en que la transición
fuese un proceso pacífico, sin odio ni revanchas, yo no quería
que desapareciera la memoria. Para mí el fallo de la transición
fue que hubiera que partir del olvido. Cuando publiqué Historia
de una maestra, en 1990, me di cuenta de que mucha gente joven no
sabía lo que había pasado en la guerra. La transición
fue maravillosa en muchos sentidos, por ejemplo, se legalizó
el Partido Comunista, pero es necesario analizar las causas del
fracaso de la República, conocer qué pasó después,
qué significó la dictadura. Ojalá tras la dictadura
se hubiera arrancado de los supuestos de la República, la
educación fue una maravilla los cinco años que duró.
Para una mujer como tú, comprometida casi genéticamente,
¿cuáles son las nuevas luchas para los nuevos rebeldes?
Yo nunca he sido
activista porque no me gusta la política como profesión.
Pero lo que me ha tocado vivir me ha marcado: tenía seis
años cuando la República, ocho cuando la Revolución
de Octubre y diez en la Guerra y mi postura es clara. Hoy en día,
como ciudadana, creo que el gran problema al que nos enfrentamos
es que una buena parte del mundo está sobrealimentada y otra
enorme parte tiene hambre. La primera injusticia es la división
del mundo en dos bloques, el bloque de los infradotados en todo
y el bloque de los poderosos. A partir de ahí, todo lo que
se haga, si no se hace para cambiar eso, a mí no me interesa.
Que lo hagan como ellos quieran, pero que hagan lo que no están
haciendo. Todo lo demás me sobra.
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