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Texto: Xabel
Vegas
Heredero
de la estética del constructivismo y del minimalismo, Adolfo
Manzano supera el formalismo de ambos lenguajes para trabajar con
elementos poéticos. "Me interesa la idea del vacío
porque me parece un elemento lírico y misterioso, no en el
sentido constructivista donde el vacío era más formal,
más frío". Se siente atraído por lo efímero
y eso le lleva a crear piezas que no buscan la eternidad: "Me interesa
la sensación de fragilidad y precariedad. Antes las cosas
se hacían más con la intención de que duraran
siempre, ahora vivimos en un estado de provisionalidad constante".
No le preocupa que algunas de sus piezas (sobre todo las construcciones
con luz) sean entendidas como "lámparas" o como elementos
utilitarios: "No entiendo por qué algunos artistas siguen
trabajando la monumentalidad". La escala humana (muchas veces a
medida de su propio cuerpo), lo accesible y lo tangible son constantes
en la obra de Adolfo Manzano.
En La superficie
de las cosas su última exposición en la galería
Moriarti de Madrid Manzano indaga en lo epidérmico,
en "la piel que nos separa del mundo en el que vivimos; no me interesa
lo orgánico, las vísceras... me interesa esa fina
capa que nos separa del resto de las cosas". Se trata de una reflexión
acerca de lo superficial que huye de la idea de una trascendencia
más allá de lo externo, de lo sensible. Los materiales
(luz, parafina, mármol blanco, papel, madera, etc...) casi
siempre sugieren volatilidad, como en una de sus últimas
obras, un dibujo sobre pared que representa unas sábanas
moviéndose al viento. Un viento que bien podría ser
el de Asturias, una influencia decisiva en su proceso creativo.
"Me defino como nacionalista", afirma de manera contundente, "es
la única manera de ir a contracorriente, la defensa de lo
peculiar y de los orígenes se opone directamente a la uniformidad
que nos quieren imponer".
Adolfo Manzano
construye piezas para ser vividas. Entiende el arte como un diálogo
entre la obra y su interlocutor. Un diálogo sugerente, poético,
lírico y lleno de sensaciones. Un diálogo que no se
agota con la observación. Adolfo Manzano es un maestro de
ese lenguaje. Y sus piezas están siempre dispuestas a empezar
una nueva conversación.
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