En un día de sol y de calor entrar en aquella explanada puede ser una experiencia de ciencia ficción. Se dejan atrás los Jardines Románticos diseñados por Isidro González para el rey Fernando VII, el palacio de Velázquez y el de Cristal para teletransportarse a cualquier parque de Ecuador. Es como dar unos pasos y estar de repente en el parque de La Carolina, en pleno corazón de Quito.
El tiempo mejora, el mediodía se acerca y con él van apareciendo en la parte sur del parque caras nada madrileñas. Familias enteras o almas solitarias con una característica en común: son ecuatorianos. La mayoría se dirige a un punto específico del parque que ya han asumido como suya. Un grupo entona un desgarrado bolero que dice en una estrofa premonitoria: "nadie cambiará la triste realidad de mi pena..."
Texto: Claudia Delgado  
   
Fotografía: Pato Llavona y Manuela Villa

Algunas mujeres siguen vendiendo comida aunque saben que lo tienen prohibido, de algún lado tiene que salir el dinero y no hay muchas alternativas.

Temprano en la mañana o el día anterior ocultan los enseres que les servirán en la preparación de la "fritada" –plato a base de cerdo–, los maduros –plátano macho– con queso o el mote –maíz cocido–.

María, una mujer de mediana edad que viene de la provincia de Ambato, en Ecuador, lleva ocho meses en Madrid y, al igual que muchos otros, no tiene papeles ni trabajo. Se sienta en un banco con su bolso en el que esconde botellas de cerveza que luego venderá a sus compatriotas a 2 euros cada una.

El fútbol, el voleibol, la música, la reunión son parte del rito que esta comunidad cumple cada fin de semana. Es el espacio de encuentro con sus orígenes y también de desencuentro, pues refleja la falta de integración en una sociedad que les es ajena en muchos aspectos. Juan Carlos es un joven que llegó a Madrid hace más de dos años. Dice tener papeles y actualmente está sin trabajo. Con un disfraz de Bart Simpson a cuestas, espera la llegada de la gente para ponérselo y así poder recoger algunas monedas: "Toca buscarte la vida. Aquí uno se reúne con los amigos. En mi caso vivo en Guadalajara, tengo mis colegas españoles y salgo a veces con ellos pero aquí vengo siempre, prefiero estar con mi gente."

Nunca pensó Felipe IV, que a principios del siglo XVII ordenó la construcción del Real Sitio del Buen Retiro para que fuese su residencia de recreo, que este parque pasaría a ser parte fundamental en la vida de muchos y muchas que han tomado sus espacios y los han hecho propios. Los tiempos y las circunstancias cambian, las costumbres también.