Rodrigo García y su compañía, La Carnicería Teatro, han vuelto a los escenarios madrileños con Compré una pala en Ikea para cavar mi tumba y, como viene siendo la norma con este colectivo, el estreno no ha estado exento de polémica. Desde luego, la obra lleva su sello: no sólo carece de hilo narrativo y es un trabajo muy corporal (cercano a la performance), sino que busca el enfrentamiento con el público a través del ataque a la norma y el tabú. Así, no falta la acumulación, la reiteración, la búsqueda de lo molesto, la violencia explícita e implícita o el dolor.
Compré una... es el decimoctavo montaje de la compañía y vuelve a demostrar su vocación por el teatro de "vanguardia". Aunque tal vez palabras como "guerrilla" -por lo efímero y minoritario de su teatro- o "resistencia" -contra la apatía y la sumisión- resulten más acertadas para describir su trabajo.
Compré una... tiene una gran carga política. Una de las tramas más relevantes de la obra es el ataque furibundo a la sociedad de consumo. No obstante, buena parte del público no parece comprender ni aceptar el discurso de la compañía que, bien es cierto que de un modo brutal y agresivo, pretende mostrar la mercantilización del cuerpo y de la vida humana: comidas anales, crucifixiones donde los clavos se ven sustituidos por perritos calientes y se sangra litros de ketchup, escenas de pedofilia... No son raras las representaciones en las que muchos espectadores llegan a abandonar la sala.
En cualquier caso, La Carnicería no se toma la provocación como un fin en sí mismo sino como un paso hacia algo más. García trata de ahondar en la unión de dos esferas que, nada inocentemente, cada día se extienden más y más: el ámbito de lo individual y el de lo político. Junto al desagrado por el estado de las cosas y el vértigo del sonido diario de la cuchilla de afeitar se muestra la esperanza tácita, apenas insinuada, de otro lugar, de otro tiempo.
Para evitar críticas banales del estilo de "esto no es teatro", "esto es inadmisible", "no hay nada bello ni constructivo en ver durante dos horas como se caga y caga en escena" nos ha parecido conveniente recurrir a la voz del propio García para arrojar algo de luz sobre este intento (que dura ya más de veinte años) por convertir la escena en algo vivo. A partir de varias entrevistas, hemos elaborado un pequeño esquema de sus preocupaciones, intereses y opiniones.

García creador frente al público

En el transcurso de varias representaciones de la obra, parte del público abandonó la sala (algunos días más de treinta personas). En otras representaciones nadie se fue. Se acusa al teatro de La Carniceria de establecer con el público una relación de enfrentamiento, un diálogo que sólo lleva al

"Mezclar lo zafio y lo obvio son recursos para componer, como el lirismo, la abstracción, la cursilería, el barroquismo, lo minimal... todo tiene su lugar. ¿Por qué conformarme con un estilo cuando puedo mezclar los que quiero? Un estilo sólo sirve para dar seguridad al espectador: reconoce las cosas, está a salvo. Y no la lucha, porque nosotros nunca hemos hecho una cosa ni narrativa ni panfletaria. Hay una lucha formal, un intento de dar forma a aquello que tienes superclaro para que no sea de telediario. Para eso, pones la tele o sales a la calle. Quizás es el camino que estamos tomando ahora: darle una forma poética a la necesidad de decir ciertas

Me da un poco de pánico. Se está jugando con cosas muy sensibles, al menos para nosotros. Igual al público le da por la risa, para nosotros hay mogollón de matices diferentes. Vivir, morir y qué hacer con tu vida... muy delicado. A veces me quedo horrorizado de a dónde llegan con la improvisación. Y cuanto más me horroriza más cerca creo que estamos de conseguirlo".
Tras la lista, con las risas y el ajetreo de fondo, aparece en una pantalla grande un texto que reza: "Pienso que estos son algunos ejemplos de vidas que tu no vas a vivir jamás. Ni de cerca. Pienso que ante esa intensidad de vivir, deberías replantearte algunas cosas. Al menos yo lo hago ahora". Ahora todo cambia, el bando de quien habla ya no está tan claro. A fin de cuentas los insultos y la mofa sirven para plantear uno de los grandes agujeros negros de la modernidad: una desmemoria crónica que, en realidad, tiene que ver con el hecho de que ya no hay nada que recordar, a excepción de un coche, un casamiento, una casa, una mesa, dos hijos... Gente sin historia, sin pasado, que decidió que decidieran por ella.
"Se puede sentir llover"
Bajo la crítica lacerante, bajo el inconformismo, La Carnicería muestra dolor, dolor por lo que "es". No se dice qué debiera ser, no se muestra lo que podría ser. Hay silencio, tiempos muertos prolongados, pequeños tamizes lumínicos para invocar lo indecible.
"En mi teatro hay un choque de sensibilidades. Evidentemente queremos hacer un teatro que abra otro tipo de sensibilidades, que vayan más allá del grito, del videoclip o del Crónicas Marcianas. Y lo estamos intentando. No soy el que mejor lo hace, hay gente mucho más dura que yo, pero creemos que ofrecer otros tempos de percepción de la realidad es vital. Las cosas pasan muy rápidas y es mejor decirle a la gente: ‘se puede caminar, se puede pasear, se puede ver el sol, se puede sentir llover’. Estamos intentando, tímidamente, ensanchar vuestra percepción. Y eso es un compromiso social. Para mí los botes de ketchup deberían ser más" (Coloquio posterior a una de las funciones en la sala Cuarta Pared).

convencimiento del ya convencido o al rechazo tajante.
"No pretendo compartir opiniones, puntos de vista con el espectador. Jamás he intentado que alguien ‘entre en mi mundo’. Pero sí pongo unos temas sobre la mesa (con las cartas que el destino, la genética y la educación me dieron) que espero que sirvan para suscitar un debate interior... Resulta que a veces la idea que expongo es tan inapropiada que no necesito tener en escena un antagonista. ¡Ya te has puesto al público como antagonista! Entonces, ¿el protagonista de la obra soy yo? ¡Qué va! El protagonista de mis obras es un ideal artístico y social claro e incómodo: ofrecer otros puntos de vista. O, al menos, decir: ‘Creo que esto puede mirarse de otra forma’. Por lo general tengo que mentir, escribir lo contrario de lo que pienso, de mis propias creencias. Le dices a una persona que el cubo tiene siete caras y lo argumentas de forma imposible. Puede que le metas la duda en el cuerpo durante unos segundos. Eso está bien, en la relación con tu interlocutor hay vida" (Entrevista en Primer Acto, número 285).

quiero que nadie se vaya a casa tranquilo. Salgo a la calle... ¡Y cuántos estilos hay en lo cotidiano! (Entrevista en el suplemento El Pasaporte, número 97)
"Encadenan a la naturaleza y se llama parque. Someten al hombre y se llama Estado".
Compré una pala para cavar mi tumba es una de las obras de La Carnicería con un discurso político más claro, directo y prolijo. La misma cantante de ópera que sale a escena (ópera, arte restringido a los grandes cosos de etiqueta) tiene una clara significación política. Las escenas de danza "ultramoderna" o "novísima" se transforman en alegato o mofa política al ver a los actores vestidos de Spiderman y a un trabajador de cualquier grande superficie. Las imágenes sobre la explotación laboral infantil o el descalabro argentino son aún más claras. La política adquiere aquí un tempo desasosegado que muestra la asfixia del individuo por medio de diversas maquinarias de embrutecimiento.
"Yo estoy defendiendo ahora un teatro con discurso, joder. Evidentemente, luego está

cosas muy claras. Cada vez soy menos poeta y más activo socialmente" (Declaraciones a LDNM).
"Los 40 hijos de puta más grandes de toda la historia"
La escena que más comentarios y disensiones ha suscitado posiblemente sea esa en la que los tres actores van presentando su lista de los "hijos de puta" más grandes de toda la historia, su propia selección. Elvis Presley, Warhol, La Pasionaria, Che Guevara, Oscar Wilde, Picasso, Médicos Sin Fronteras, Marilyn Monroe, Einstein, Poli Díaz, Santiago de Compostela... "Todos hijos de puta, drogadictos, maricones, yonquis, aprovechados, judíos, gordos, estafadores..." Los insultos no paran, los actores son reiterativos, inciden en el rollo marica, se les llena la boca. La gente ríe, se indigna, se queda mirando el acontecimiento.
"El punto de partida era hablar mal de gente que tú admiras. Era muy duro. Es una escena que está muy abierta a la improvisación. A veces te llevas las manos a la cabeza, te das cuenta que se están diciendo cosas muy pesadas... Hablar de la muerte de otra persona no es de recibo en una obra de arte.

Texto: Pablo Caruana    Fotografía: Manuela Villa