La música country es un género desconocido y despreciado, uno de los pocos tesoros de la cultura popular de Estados Unidos que no ha calado en Europa. Para muchos, se trata de un estilo elemental, pueblerino y hasta fascista. Pero, como todos sabemos, estos adjetivos son los mismos que usaron los "enterados" para descalificar a Clint Eastwood, John Ford o James Ellroy. ¿Empezamos, entonces, a mirar a los vaqueros con otros ojos? En esta breve nota, recomendamos algunos nombres para empezar.
Texto: Víctor Lenore

Hay motivos de sobra para sospechar de la música country. Sobre todo, por su tendencia patriotera, que roza el kitsch en algún disco de Johnny Cash, por ejemplo America (1970) y Ragged Old Flag (1974). Tampoco faltan himnos de orgullo paleto, como "Okie From Muskogee", de Merle Haggard, hoy un clásico en los karaokes de medio mundo. La letra no tiene desperdicio: en plenas convulsiones de los 60, Haggard jalea a los gañanes que condenan el pelo largo y marchan orgullosos a la guerra de Vietnam. Pero, más allá de algún gesto feo, Haggard y Cash son dos maestros de la música popular. Coinciden en un estilo elegante y minimalista, centrado muchas veces en el reverso del sueño americano: presos, adictos, tirados, buscavidas, gente sin techo…
En las notas de la caja recopilatoria Love, God, Murder (2000), Quentin Tarantino escribe lo siguiente: "Cash canta a los hombres que intentan escapar. Escapar de la ley, escapar de la pobreza, escapar de la prisión, escapar de la locura, escapar de sus torturadores. Pero hay una cosa de la que Cash nunca les deja escapar: del arrepentimiento". Luego expone la siguiente teoría: el gangster-rap triunfa en las listas de EE.UU. con historias de



criminales en caliente, cuando tienen la pistola en la mano y la cabeza embotada por el alcohol o la marihuana; "las canciones de Cash, en cambio, comienzan cuando se cierra la puerta de la celda". O sea: cuando hay menos acción y más reflexión. Todo contado con esa voz enorme, a veces intimidante, otras reconfortante, que alguien describió como "salida del Antiguo Testamento".

Ambos son espíritus independientes: Haggard edita sus discos en el sello punk Anti -muy recomendable el penúltimo, If I Could Only Fly (2000)-. Cash celebra ahora su setenta aniversario con un doble recopilatorio (Man In Black) ideal para no iniciados. Últimamente, se dedica a revisar clásicos del rock alternativo (Nick Cave, Soundgarden, U2, Tom Waits...). E incluso llega más lejos, grabando con Bonnie "Prince" Billy, un artista minoritario y radical en su romanticismo, que cambia de alias cada dos o tres álbumes y apenas hace promoción. Lo más parecido que tenemos hoy a esos "trotamundos con guitarra" que forjaron el género. Otro caso singular es Lyle Lovett, a la vez sofisticado y tradicional, un cruce imposible de Buster Keaton, Leonard Cohen y Lucky Luke (con algo del veneno de Randy Newman o Townes Van Zandt).



Los expertos recomiendan empezar por I Love Everybody (94), Road To Ensenada (96) o Cowboy Man Vol.1 (01), recopilatorio de su primera etapa.

Quien se enganche a alguno de ellos, tiene todas las papeletas para poder disfrutar de los pioneros (Hank Williams, Jimmie Rodgers, George Jones...). Pero, vaya, llegamos al final de este artículo sin mencionar a ninguna mujer. ¿Se nos habrá pegado el típico machismo vaquero? No pasa nada: ni el capataz más cerril negará la magia de Patsy Cline (gran rompedora de estereotipos campesinos) o el impacto emocional de Emmylou Harris -difícil no derretirse con su Anthology (2001)-. Ya en los noventa, podemos mencionar otras chicas que han bebido del country para crear un estilo personal, como Kristin Hersh, Lucinda Williams, Gillian Welch o Mary Gauthier.

Más información:
Guía esencial del country (La Máscara, 96)
www.johnnycash.com

www.merlehaggard.com