Texto:
Víctor Lenore
Hay motivos de sobra para sospechar de la música country. Sobre
todo, por su tendencia patriotera, que roza el kitsch en algún
disco de Johnny Cash, por ejemplo America (1970) y Ragged Old Flag
(1974). Tampoco faltan himnos de orgullo paleto, como "Okie From
Muskogee", de Merle Haggard, hoy un clásico en los karaokes
de medio mundo. La letra no tiene desperdicio: en plenas convulsiones
de los 60, Haggard jalea a los gañanes que condenan el pelo
largo y marchan orgullosos a la guerra de Vietnam. Pero, más
allá de algún gesto feo, Haggard y Cash son dos maestros
de la música popular. Coinciden en un estilo elegante y minimalista,
centrado muchas veces en el reverso del sueño americano: presos,
adictos, tirados, buscavidas, gente sin techo…
En las notas de la caja recopilatoria Love, God, Murder (2000), Quentin
Tarantino escribe lo siguiente: "Cash canta a los hombres que
intentan escapar. Escapar de la ley, escapar de la pobreza, escapar
de la prisión, escapar de la locura, escapar de sus torturadores.
Pero hay una cosa de la que Cash nunca les deja escapar: del arrepentimiento".
Luego expone la siguiente teoría: el gangster-rap triunfa en
las listas de EE.UU. con historias de |
criminales en caliente, cuando tienen la pistola en la mano y la
cabeza embotada por el alcohol o la marihuana; "las canciones
de Cash, en cambio, comienzan cuando se cierra la puerta de la celda".
O sea: cuando hay menos acción y más reflexión.
Todo contado con esa voz enorme, a veces intimidante, otras reconfortante,
que alguien describió como "salida del Antiguo Testamento".
Ambos son espíritus
independientes: Haggard edita sus discos en el sello punk Anti -muy
recomendable el penúltimo, If I Could Only Fly (2000)-. Cash
celebra ahora su setenta aniversario con un doble recopilatorio
(Man In Black) ideal para no iniciados. Últimamente, se dedica
a revisar clásicos del rock alternativo (Nick Cave, Soundgarden,
U2, Tom Waits...). E incluso llega más lejos, grabando con
Bonnie "Prince" Billy, un artista minoritario y radical
en su romanticismo, que cambia de alias cada dos o tres álbumes
y apenas hace promoción. Lo más parecido que tenemos
hoy a esos "trotamundos con guitarra" que forjaron el
género. Otro caso singular es Lyle Lovett, a la vez sofisticado
y tradicional, un cruce imposible de Buster Keaton, Leonard Cohen
y Lucky Luke (con algo del veneno de Randy Newman o Townes Van Zandt).
|
Los expertos recomiendan empezar por I Love Everybody (94), Road
To Ensenada (96) o Cowboy Man Vol.1 (01), recopilatorio de su primera
etapa.
Quien se enganche
a alguno de ellos, tiene todas las papeletas para poder disfrutar
de los pioneros (Hank Williams, Jimmie Rodgers, George Jones...).
Pero, vaya, llegamos al final de este artículo sin mencionar
a ninguna mujer. ¿Se nos habrá pegado el típico machismo
vaquero? No pasa nada: ni el capataz más cerril negará
la magia de Patsy Cline (gran rompedora de estereotipos campesinos)
o el impacto emocional de Emmylou Harris -difícil no derretirse
con su Anthology (2001)-. Ya en los noventa, podemos mencionar otras
chicas que han bebido del country para crear un estilo personal,
como Kristin Hersh, Lucinda Williams, Gillian Welch o Mary Gauthier.
|