Por Karim Sambá

El apagón de ayer fue un suceso curioso. Bien curioso. Pudieron observarse un buen montón de actividades extravagantes, impropias de un ser que se dice evolucionado. Sobre todas ellas, tomé algunas notas:

– Muchos protestaban por no poder trabajar. Una multitud de asalariados se lamentaban ante la prensa sobre la cantidad de horas que llevaban sin poder sentarse frente al ordenador o frente a un consumidor de bienes fungibles. No puedo entenderlo. Comprendo el lamento del tendero y la empatía de su único empleado, pero no puedo comprender los lamentos de algunos de mis compañeros. Así se lo escuché a unos biólogos que crían primates para liberarlos después en su entorno natural: el día que le abrimos la jaula, el monito siempre se queda adentro, sentado junto a sus excrementos. Lea más en La patata de la libertad.

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