Por Karim Sambá

El diario El País publicó el pasado martes una noticia sobre la próxima jubilación del periodista británico Jeremy Paxman, popularmente conocido como el “rotweiler de la BBC”. En efecto, Paxman no sólo es famoso por cobrar una pasta gansa: su capacidad para hincar el diente a una presa –representantes del Gobierno o de la oposición– y morder hasta hacer sangre es legendaria. Entre los grandes hitos de Paxman está el haber llamado «caniche de George Bush» a Tony Blair, en una tensa entrevista con el ex primer ministro británico en plena crisis iraquí. Paxman llegó incluso a tener su propio muñeco en el programa satírico Spitting Image (donde era retratado, por cierto, como un engreído encantado de haberse conocido).

El “método Paxman” tiene cierto interés no tanto por lo que nos dice sobre la televisión pública británica, cuya imagen de medio que no se amilana ante el poder es ciertamente exagerada, sino más bien por la inexistencia de un modelo semejante en España. Uno de los efectos colaterales del sistema bipartidista imperante (léase pinza PP/PSOE) es que los periodistas, contagiados de un extraño forofismo, han convertido la información política en una astracanada partidista propia de un derby futbolero. La identificación periodista/partido político está tan asumida que a nadie parece extrañarle que un ex alto cargo de un partido sea nombrado director de un periódico nacional, o que en la tertulia televisiva 59´ los periodistas asuman con fervor sectario los roles de defensores del partido político de turno.

Visto el panorama, no es de extrañar que las entrevistas críticas a políticos brillen por su ausencia (salvo cuando responden a intereses partidistas concretos, claro). No hay más que echar un ojo al siguiente vídeo de Paxman para darse cuenta de que aquí estamos a otra cosa. Se trata de una entrevista realizada en 1997 al antiguo ministro del Interior tory Michael Howard. La secuencia parte una situación periodística clásica: el periodista pregunta y el político se va por las ramas/no contesta. Hasta ahí todo bien. Los problemas surgen cuando el periodista, en lugar de hacerse el sueco, decide insistir una y otra vez… ¿Alguna vez han visto a un periodista repetir doce veces la misma pregunta? ¿Desde cuándo se trata así a un ex ministro del Interior en una televisión pública? Esto sí que es espectáculo televisivo y no la ponzoña esa del micrófono que sube y baja.

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