Por Darwin Palermo

Hace seis años el ex casi de todo Gabriel Albiac publicó este artículo con el que se unía a los exabruptos racistas habituales entre los golpistas venezolanos. El texto en cuestión desencadenó una oleada de artículos de protesta que este gigante de la filosofía política consiguió vender al Rector de la Universidad Complutense como graves amenazas a su integridad física (hay quien jura que se le oía murmurar esos días “quiero ser Savater en lugar de Savater”). El caso es que Albiac se ausentó de sus clases una buena temporada sin dejar de cobrar. Fue una auténtica catástrofe personal porque, como todo el mundo sabe, le gusta mucho trabajar. Entre las consecuencias positivas del affaire está un desternillante artículo de respuesta de Santiago Alba Rico que se encuentra entre lo mejor que ha escrito nunca.

Vuelve el chimpancé
Gabriel Albiac
El Mundo, 15 de abril de 2002

No salió de la nada ese energúmeno. De las profundidades, sí, de un alma colectiva herida. La que congelan páginas del Valle Inclán más cruel, Tirano Banderas, más que el Señor Presidente de Asturias o el patriarca otoñal del muy menor García Márquez.
Chávez es el gorila que mima el rostro de Dios (o de Fidel Castro) ante el espejo. Y se cree Dios (Castro). Se sabe. Dios (Castro). O el pueblo. En la pastosa jerga caudillista, Dios y Pueblo son lo mismo.
No salió de la nada. Todo se conjugó para dar a la luz ese estafermo.Para hacer que el chimpancé con uniforme soñara un rostro humano o más que humano. Para que un cacho de carne sudorosa y ruido de bolero se trocara en profeta de humildes, no, de humildes no, de paupérrimos que flotan sobre un extraño mar de petróleo, un mar de inmensurable dinero que se volatiliza y deja sólo una huella fétida de incomprensible miseria sin cura.
No salió de la nada. Chávez. Gorila, infragorila balbuciente, complacido asesino, histrión que vocifera un muy forzado monólogo dadaísta. Hasta el Ubú de Jarry (aquel sublime tipo que, entre sus propiedades más preciadas, atesoraba un cráneo de Voltaire niño), hasta el autista Ubú se quedaría atónito: tal, la dimensión más o menos que humana, nunca humana (chimpancé tal vez, o dios menor según sus más piadosos secuaces, bestia mítica para la cual no rige el lenguaje que acota la mente), esa dimensión enorme del simio de las maracas que reparte dones desde la plenitud televisiva, cadena propia, Aló, presidente, aló, gorila, aló, lo que sea, aló, matarife sonriente, camiseta de béisbol, gorra, bate, somatenes, lúmpenes angélicos para rematar a aquel que en el homínido no viera al enviado del Destino y de Bolívar. Aló, aló, aló, cráneos que revientan como huevos pochos bajo el bastón justiciero de los descamisados. En el nombre del Padre, Chávez, Dios, Bolívar, Castro.
No, no. No salió de la nada. Es hijo natural del tan socialista Carlos Andrés Pérez. Ya saben, ¿se acuerdan?, aquel tan íntimo del González nuestro. Y de Craxi. Aquel, ¿se acuerdan?, de cuando el presidente de los años GAL («no hay pruebas, ni las habrá») se confesaba en alto ante Garaikoechea: «Contra ETA, sólo hay una solución, el plan CAP». Carlos Andrés Pérez (alias CAP), por esos años, modelo de socialdemócratas en lengua castellana, desplegaba batallones de la muerte y se embolsaba astronómicas fortunas. No, no inventó Chávez lo del chantaje al BBV neguriano.
Hace sólo dos días, Llamazares (y Castro, of course) sollozaban la cruel desaparición del matarife. Ahí lo tenéis de nuevo. Vuelve el chimpancé. ¡Regocijaos!

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Una respuesta a “”

  1. J.
    abril 18th, 2008 23:40
    1

    Brillante es poco para definir la respuesta de Alba Rico. Qué barbaridad….

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