Por Perla Primicias

El pasado 17 de abril murió el poeta e intelectual martiniqués Aimé Cesaire. Educado en las mejores universidades francesas, Cesaire fue una de las voces más auténticas de la lucha contra el colonialismo de mediados del siglo XX. Junto con Leópold Senghor y Leon Damas, acuñó el concepto estético y político de negritud, una vía emancipatoria desde la que la identidad negra se sacude el dominio colonial para apuntar hacia «lo universal (…), desde la profundización de nuestra singularidad». Entre sus obras en castellano destaca Discurso sobre el colonialismo (Akal, 2006), una recopilación de varios textos políticos y de ensayos críticos sobre la obra de Cesaire, de autores como Samir Amin o Immanuel Wallerstein.

Entre los textos compilados destaca la demoledora Carta a Maurice Thorez, en la que Cesaire, que fue diputado del PCF por Martinica en la Asamblea Nacional, explica sus motivos para abandonar el Partido Comunista Francés en 1956 a causa de su «convicción casi innata –que comparten con la burguesía europea– de la superioridad de occidente en todos los sentidos». Otro de sus textos clásicos es su Discurso sobre la Negritud de 1987, en el que redefine el término treinta años despues de su invención, «(la negritud) es una manera de vivir la historia dentro de la historia; la historia de una comunidad cuya experiencia se manifiesta, a decir verdad, singular con sus deportaciones, sus transferencias de hombres de un continente a otro, los recuerdos de creencias lejanas, sus restos de culturas asesinadas». Pero, sin duda, el texto por el que siempre se recordará a Aime Cesaire es el Discurso sobre el Colonialismo de 1950, quizá una de las mejores exposiciones del salvajismo de occidente:
«Habría que estudiar en primer lugar cómo la colonización trabaja para descivilizar al colonizador, para embrutecerlo en el sentido literal de la palabra (…), para despertar sus recónditos instintos en pos de la codicia, la violencia, el odio racial, el relativismo moral; y habría que mostrar después que cada vez que en Vietnam se corta una cabeza y se revienta un ojo, y en Francia se acepta, cada vez que se viola a una niña, y en Francia se acepta, cada vez que se tortura a un malgache y en Francia se acepta, habría que mostrar, digo, que cuando todo esto sucede se está verificando una experiencia de la civilización que pesa por su peso muerto, se está produciendo una regresión, se está instalando una gangrena (…) y que después de todos estos tratados violados, de todas estas mentiras propagadas, de todas estas expediciones punitivas toleradas, de todos estos prisioneros maniatados e «interrogados», de todos estos patriotas torturados, después de este orgullo racial estimulado, después de esta jactancia desplegada, lo que encontramos es el veneno instilado en las venas de Europa y el progreso lento pero seguro del ensalvajamiento del continente»

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