Por Perla Primicias

El número 27 de LDNM ya está en la calle y muy pronto estará en la web. Para los que no tengáis ya la revista, os adelantamos el apocalíptico texto de Jorge Periquito «La intensidad»,  en el que se recuerdan los atronadores conciertos de Atari Teenage Riot de finales del siglo pasado y principios de éste. Y ya que estamos, ahí va un vídeo de una sosegada actuación del grupo… en mitad de un 1º de mayo berlinés. 

La intensidad
Jorge Periquito

¿Quién no ha tenido que aguantar alguna vez al clásico pesado que, por el hecho de haber asistido a algún evento histórico-musical trascendental, se cree con el derecho a narrártelo con todo tipo de detalles? ¿Quién no ha escuchado aquello de “ yo me desnudé en Woodstock”; o “yo estuve en Ibiza en el 88; aquello si que eran pastis, no como las de ahora”? Pues bien, en el improbable caso de que todavía quede alguien que no haya sufrido semejante tortura prepárese para escuchar lo siguiente (el resto puede pasar la página): yo vi a Atari Teenage Riot en el Festimad de 1998. ¡Fue superfuerte, tío! En efecto, pese a que los discos del grupo me parecen un plomo, Atari son el mejor grupo en directo que he visto en mi vida. Llevaban transcurridos unos veinte segundos del bolo (ni uno más) y aquello parecía el día en que se derrumbaron las murallas de Jericó, sólo que en vez de trompetas sonaban los berridos de los tres “cantantes” cabalgando sobre un ruido industrial ensordecedor, en una combinación musical cuyo efecto sobre el oyente era parecida a meter la cabeza dentro de una trituradora, en afortunada descripción de un espectador.
Después de la tempestad vino el bajón: una extraña sensación de vacío se apoderó de mí finalizado el concierto: después de esto, ¿qué? En efecto, después de esto sólo quedaba vagar por el festival viendo las actuaciones de unas bandas que no parecían tomarse aquello como una cuestión de vida o muerte. Se acabó, pensé, nunca más volveré a ver algo parecido. En marzo del año siguiente, viviendo en Inglaterra, fui a otro bolo de Atari, pese a que mi experiencia me indicaba que segundos conciertos nunca fueron buenos (las fotos que ilustran este artículo son de ese día). Bien, pues fue mejor que el anterior. ¿El motivo? La localización: el Queen Elizabeth Hall, una especie de anfiteatro chic con butacas y acomodadores. Una vez más, el cuadro era dantesco a mitad de la primera canción: los acomodadores huyendo despavoridos, unas cien personas subidas al escenario y el resto del personal rodando por la grada (en serio: era prácticamente imposible escuchar a estos tíos sin que te dieran ganas de ponerte a correr sin rumbo fijo como un maniaco, lo que propició todo tipo de castañazos durante el concierto: ¿han probado alguna vez a echar una carrera de vallas entre las butacas de un graderío en pendiente?). Una imagen de mitad de concierto: Alec Empire berreando fuera de sí subido en un asiento de la fila veinte. A su lado, una única espectadora en pie, encima de su asiento, con el puño alzado: Björk. Aquello recordaba un poco el aspecto del Congreso el día del tejerazo: con Empire haciendo de Tejero, Björk del general Gutiérrez Mellado y el resto del personal de diputados desplomados detrás de sus asientos. Salí de allí con unas ganas tremendas de invadir Polonia. Aquello sí que era buena mierda, no como lo de ahora.

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