Por Mona Meinhof

La pasada semana se celebró en Filadelfia un importante encuentro sobre economía y negocios en África, organizado por la Wharton Business School. En la sesión del 11 de noviembre, Hanniford Schmidt, invitado al foro como representante de la Organización Mundial del Comercio (OMC), anunció la creación de un programa de “gestión total privada de la fuerza de trabajo” para aquellas zonas del continente africano más castigadas por quinientos años de libre comercio con Occidente. Schmidt reconoció que el proyecto guardaba importantes similitudes con el modelo esclavista, pero aseguró que se trataba de una nueva forma de esclavitud más humana, en la que al ser las empresas propietarias de sus trabajadores serían responsables de su bienestar también fuera de sus jornadas laborales.

Schmidt afirmó que la iniciativa de “gestión total” era la mejor solución disponible para la pobreza de África y un resultado inevitable de la teoría del libre mercado. Asimismo, subrayó que si el modelo de gestión privada se había aplicado con éxito al transporte, la energía, el agua o incluso el genoma humano, bien podría ahora ampliar su éxito “re-privatizando a los propios seres humanos”.
El público, entre el que se encontraba el Gobernador del Banco Central de Nigeria, la Directora de Asuntos Africanos de la Oficina de Comercio de Estados Unidos y otros notables, escuchó con interés los planteamientos de Schmidt quien, para mostrar cómo la propiedad privada de los trabajadores por parte de los empresarios podría acarrear numerosos beneficios citó la propuesta de un think tank neoliberal que pretende salvar las ballenas vendiéndolas: “quien desapruebe la caza de ballenas puede comprar derechos sobre ciertas ballenas con el objeto de evitar que esas ballenas en particular sean cazadas”. Del mismo modo, explicó Schmidt, “la existencia de un mercado de individuos tercermundistas puede fomentar las ayudas de occidentales comprometidos”.
Todo esto ha sucedido tal y como lo estamos contando. La única particularidad digna de mención es que Hanniford Schmidt no es un verdadero representante de la OMC, sino un miembro de The Yes Men, el colectivo de artistas-activistas más guasón del mundo.
Ahora bien, nótese que su público, que asistió impasible el ademán a tal sarta de barbaridades, era un público “de verdad”, compuesto por hombres de negocios y representantes gubernamentales…

Para quien quiera saber más de esta última fechoría de The Yes Men: http://www.gatt.org/wharton.html

Para saber más de The Yes Men, puedes leer el artículo que les dedicó la revista LDNM en su número 16.

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4 respuestas a “”

  1. ivan
    noviembre 16th, 2006 13:27
    1

    Magnífica la «sorpresa final» de este artículo y magnífica la estrategia de The Yes Men

  2. roque cesáire
    noviembre 16th, 2006 14:05
    2

    Supongo que lo mejor y más fuerte que han hecho los Yes Men es lo de Bopal, cuando salieron en la BBC y consiguieron que bajaran las acciones de la compañía química culpable del desastre. Aún así, me quedo con aquella reunión de la OMC en la que uno de ellos apareció vestido con un traje dorado y una enorme polla erecta de plástico con la que se podía controlar a los empleados.

  3. Tomatito
    noviembre 17th, 2006 10:38
    3

    je je… muy buena la vuelta de tuerca final.
    «La esclavitud no se abolió, se cambió por ocho horas diarias» (Les Luthiers)

  4. rodolfo
    enero 18th, 2007 20:25
    4

    buena frase de les luthiers, efectivamente, solo los yes men podian hacer esto.

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